La tragedia llegó a Acapulco con las sombras de la noche, desde la fuerza despiadada del huracán Otis, sólo porque no hay poder humano capaz de contener las violencias de la naturaleza.

México venía de otros pucheros y otras noches: la noche del coyote, la de la iguana y la de los cuchillos largos contra el Poder Judicial, cuando cayó sobre Acapulco, el 24 de octubre, una noche más densa sobre México.

El aviso y advertencia del Centro Nacional de Huracanes (CNH) de Miami, en el sentido de que Otis acumulaba fuerza y llegaría a categoría 5, llegó 20 horas antes a nuestro país, tiempo suficiente para prevenir a los expuestos, preparar albergues y refugios y evacuar a la población en riesgo.

El presidente esa noche durmió bien, no como quien tiene una emergencia encima cuyo inminente poder de destrucción desconoce. La gobernadora guerrerense Evelyn Salgado, hija del impresentable Félix Salgado Macedonio, paseaba plácidamente e iba de shoping por la Riviera de Nayarit, ajena a los sombríos augurios de Otis sobre su territorio. El gabinete federal, la noche del 24 de octubre, andaba ya en las trápalas y truculencias del huracán del 2024, para que no quedase duda de que le preocupan los huracanes.

La mañana del 25 de octubre, el orgulloso gobierno del “cuatrote” no supo lo que debía hacer frente al desastre, y se dedicó a hacer lo que dictan la ignorancia, la improvisación y la maldad.

El presidente sale por tierra rumbo al ojo del desastre, no porque no tenga aeronaves militares o porque quiera ahorrarse unos litros de combustible, sino porque una fotografía suya atascado en el lodazal de la sierra puede servir para cuatro cosas: para perfilar la imagen de un “valiente” que hace frente al lodo; para victimizarse a los ojos de la comunidad chaira y concitar su ciega solidaridad y apoyo; para generar un efecto distractor alejando los reflectores de la tragedia y volviéndolos hacia él; por último, para llegar sin llegar a Acapulco únicamente para la foto, y san se acabó: vuelta al Palacio de los lujos y las comodidades que no tienen los chairos ni los de abajo.

Todo parece circo, maroma y teatro, frente a un pueblo cuyas lágrimas, pérdidas, desconsuelo y desesperanza no agitan, no conmueven ni inquietan al usuario del supremo poder de la República.

En términos teatrales, ver pasar la tragedia sin embarrarse en su tensión dramática no es signo de superioridad: es destreza superior e insuperable para la hipocresía y el cinismo, que además la comunidad chaira festeja como un hallazgo de los últimos tiempos: como cosa de dramaturgia celestial.

En el sismo del 85, los titubeos y torpezas de Miguel de la Madrid lo hicieron verse mal. Era el presidente y la tragedia le robó el ángel de su escasa popularidad. Igual que ahora ocurre en Acapulco, la tragedia y la sociedad civil rebasaron la capacidad de previsión y de respuesta del gobierno.

La tragedia de Acapulco, digna de un memorial del desastre como no ha habido otro en el país, nos hizo y le hizo ver a la gente bien pensante la falta que hace el FONDEN (extinguido por los diputados de Morena), lo mal que funciona el Plan DN-III del Ejército Mexicano en tiempos de la 4t, la nulidad que es hoy la Coordinación General de Protección Civil en manos ineptas y, en general, un comportamiento presidencal inferior a lo que hicieron otros gobiernos en condiciones similares.

Hay que reconocer lo que sí ha hecho el gobierno federal: llegó tarde y con torpeza a levantar el tiradero que dejó Otis a su paso, pero además -aprovechando el caos- desplegó a dos mil “vividores de la nación” para entregar cheques y apoyos y trabajar el voto a favor de Morena rumbo a 2024.

Muchas más cosas podrían decirse sobre los desatinos del gobierno federal, pero tres aspectos contribuyen a retratar su insensibilidad, su afán de lucro y su maldad de cuerpo entero.

Uno, el comportamiento mezquino y atrabiliario de ciertos elementos de la marina, el ejército y la GN ante las redes de la sociedad civil que sólo querían ayudar a sus hermanos en desgracia. Aparte de no brindar facilidades y seguridad para que fluyera la ayuda, la milicia en sus diferentes secciones decomisó paquetes de ayuda y toneladas de víveres, con el fin de armar cajas con el logotipo del gobierno federal o estatal, para simular el apoyo de gobiernos ausentes e incompetentes que sólo de reojo han visto la cara de la tragedia. Esto -a falta de un mejor nombre- es lucrar con la desgracia ajena.

Dijo López Obrador, en declaraciones recogidas en audios y videos que todo el país conoce, que si el gobierno se hace cargo de la reconstrucción de Acapulco le haría daño a la gente, pues fomentaría en ella la flojera y el paternalismo. Esto lo dijo el presidente sin rubor, sin hacer caso a la constitución y olvidando que es su obligación el rescate y rehabilitación de zonas siniestradas.

Si México no abre los ojos ni le da un respiro a su conciencia a partir de tanta tragedia acumulada, esto significaría -por cruel que suene y parezca- que no está preparado para un luminoso despertar y que tiene bien merecido lo que le ocurre.


Pisapapeles

El problema de México no es qué hacer con su pasado ni cómo alcanzar el futuro; el problema de fondo es qué hacer con su presente y cómo resolverlo.

leglezquin@yahoo.com

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Por Leopoldo González

Consultor, politólogo y ensayista; director de Letra Franca

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