Concha Urquiza:
Una vida entre el cielo y la tierra

 

Por María Teresa Perdomo

La poesía más alta de Concha Urquiza es el resultado de una penetración en los abismos de su ser pensante y emotivo, que conforman su vivir dividido entre lo reptante y elevado. Fue Dios el que la acosó dilatadamente desde que tenía nueve años, según ella misma lo reconoce en su Diario, pero determinó vivir muy pronto de acuerdo con la otra parte que la constituye.

Sintió muy tempranamente la necesidad de escribir poesía: publicó varios poemas a la edad de doce, quince y dieciséis años. No los incluyó Gabriel Méndez Plancarte, quien reunió y publicó su obra poética y una selección de su Diario, cartas y otras prosas, por considerarlos “demasiado imperfectos y pueriles”. Lo publicado por él son poemas correspondientes a los años de 1937 a 1945. Abarcan apenas ocho años. Algunas personas que conocieron a Concha Urquiza dicen que escribió muchos poemas más, pero ya sea que se hayan perdido o pertenezcan a celosos poseedores, sólo se conoce lo publicado y algún otro poema recientemente descubierto.

Concha Urquiza tuvo una vida meteórica, ya que nació en esta ciudad de Morelia el 25 de diciembre de 1910 y murió ahogada el 20 de junio de 1945 en Ensenada, Baja California. Era de temperamento apasionado y de ideas muy libres, con un alma, como se dice en alguna parte, “severamente educada”. Muy joven, durante cinco años, se hizo comunista. Esa etapa permanece en la sombra: hay sólo vagas y ambiguas referencias a ella y deseos manifiestos de Concha Urquiza de dejarla en el olvido. Ese pasado, recordado más tarde, le pesa con un fardo de pena, amargura y vergüenza, apenas aludido en un texto no publicado escrito por ella –El reintegro– por sus temas inacabados y disímiles. Disfraza sus decires en un personaje novelesco.

Después de esa etapa, se va con su familia a Estados Unidos, como una huida, de esos años que tanto la atormentaban. Más tarde, en una de sus prosas se refiere a una conciencia que le trae “con una viveza espantosa el horror de mi vida pasada” (371). Regresa a México después de cinco años e ingresa como postulante al convento de las Hijas del Espíritu Santo en esta ciudad de Morelia, pero sale al poco tiempo; se va a la ciudad de México, donde hace adaptaciones para el cine de “Corazón, Diario de un niño”, de Edmundo d’Amicis y de “Refugiados en Madrid”.

Volvió al catolicismo, orientada por el sacerdote Tarsicio Romo, de Morelia. En entrevista de Vicente Anaya a Rosario, amiga de Concha Urquiza, dice que ese retorno fue en “un plan muy intenso” y que “vivió su fe religiosa con una entrega absoluta”. No podía ser de otra manera dado su temperamento apasionado que se daba por entero a todo lo que hacía, sin reservas. También dice que “demostraba angustia por cualquier cosa levísima que ella consideraba la apartaba de Dios. Sufría, además, por otras razones, en uno de sus escritos dice: “cómo siento, con qué terrible conciencia las cadenas que me atan al suelo” (335).

En 1939 va a San Luis Potosí, en donde da clases de Historia y Literatura Universal a alumnos particulares; después en colegios también particulares de secundaria y preparatoria, materias a las que se agregaron Literatura Española e Hispanoamericana y Civismo. Algún tiempo después impartió en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí clases de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Literatura, y concluyó en esa Universidad el bachillerato antes iniciado en la ciudad de México y se inscribió en la Facultad de Derecho, pero no continuó esos estudios. En la casa de su amiga, Rosario Oyarzun, donde vivió, reunía a varios intelectuales de la ciudad; leía mucho. Su verdadera universidad eran los libros. Escribía también poesía.

Después se fue a la ciudad de México, huyendo del amor de un hombre no libre y se inscribió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México y a un Seminario de Investigaciones Histórico-Filosóficas, impartido por José Gaos en la Casa de España. Sin embargo, no continuó esos estudios por haber sido invitada por las Hijas del Espíritu Santo para dar clases en su colegio de Tijuana y para allá va Concha Urquiza en junio de 1945, pero como el colegio estaba cerrado, por vacaciones, se fue a Ensenada. El día 20 de junio fue a nadar con otras personas y murió ahogada.

De sus inclinaciones terrenales habla abierta y directamente en sus prosas, por ejemplo, de su Diario es esta abominación: “Yo aborrezco mi cuerpo mil veces maldito, mi voluntad enferma, mi orgullo, mi sensualismo” (373). En cambio, en su poesía las encubre en personajes bíblicos, sean masculinos o femeninos, por ejemplo David, Ruth o Job.

Veía sus debilidades con extremo rigor por considerar que maniataban sus pasos hacia el Amado divino. A veces detenía la mirada más en su miseria que en Aquél. El conflicto que la constituía está expresado en los tercetos finales de un soneto, que dicen:

       Mas, ¿qué mucho, mi Dios, si me quisiste

de contrarios principios engendrada?

cielo y tierra es el ser que tú me diste;

 

     y cuando busca el cielo su morada

     primera, y va a subir, se le resiste

   la tierra, de la tierra enamorada (119)

 

Sin embargo, a veces no se quedaba en ninguno de esos polos y su sufrimiento tomaba otros matices, no por diferentes menos intensos, impregnada de desamparo y de amargura, como lo deja ver en carta del 10 de octubre de 1937: “¡Haber arrancado el corazón de los hombres y no poder dárselo a Dios…, vivir sin ellos y sin Él, sin pertenecer a la tierra ni al cielo, ni tener nada firme en qué apoyar los pies…!” (272-273).

Todavía a este padecimiento se agrega otro: percibe hondamente la rápida desaparición de todo lo existente. En carta del 2 de febrero de 1939 dice: “Esta conciencia de una marcha forzada de todos hacia la muerte es lo que sobrenada en el tumulto de los días…es fruto de una razón bien desengañada de todas las cosas de la tierra. Dios es el asidero único, porque es lo único que permanece”. (293). También percibe vivamente la soledad que sufre todo ser humano, entre la multitud o hasta en las precarias presencias. También le dolía ver todas las limitaciones, debilidades y carencias inherentes a la condición humana. En medio de ese tumulto perceptivo aspiraba afanosamente unirse a Dios y ve a la naturaleza como abrigo de su propia imperfección y de la imperfección humana. En el poema “Mons Dei” añora sitios

   donde no baña el hombre de impureza

       las ondas de los vientos esparcidas (121)

 

La búsqueda de Dios en ella es búsqueda de plenitud y liberación del sufrimiento antes vivido. Lo dice conmovedoramente en uno de los tercetos de un poema:

Fuera de Ti, del manantial colmado,

sólo en fuentes amargas he bebido,

   sólo cisternas rotas encontrado. (124)

 

Pero el esplendor esperado no lo vivió, y el camino por el que aspiraba llegar a la excelencia fue en su mayor parte tormento. Su itinerario hacia Dios rara vez fue tranquilo. Su ausencia la sufre como desvío y desconcierto, expresado así:

     a lo largo del húmedo camino

todas las puertas encontré cerradas,

y en la sombra tenaz perdí tu huella,

                 -la senda de tu huerto y de tu parra-. (146-147)

 

En alguna ocasión el padecimiento se atempera y se convierte en gozo, sólo por tener su origen en el Amado:

La más cruel amargura

       con que quieras herirme, soberano,

se hinchará de dulzura

como vino temprano

             apurado en el hueco de tu mano (55)

 

La voluptuosa personalidad de Concha Urquiza la lleva a emplear símiles basados en dos poderosos elementos para ser poseída por Dios: el fuego y el agua, dice:

       El ciego centro de mi vida toca,

y éntrate al corazón como la llama

               que en flaco leño con fiereza emboca (132)

Y también:

           Ven como el mar que se desborda y brama

rompe por mis entrañas con gemido

       y en espumosas ondas te derrama (132).

 

Pero el tan deseado amante divino no acaba de entregarse. Lo dice el anhelo apremiante de la enamorada en las siguientes palabras:

¿Cuándo, Señor, oh cuándo

                 te entregarás por siempre a mi deseo?

¿No basta que me veo

   a oscuras suspirando,

                   tras de mi propia vida rastreando? (56)

 

Sólo se muestra momentáneamente y esa mostración lo hace ser más añorado con mayor ímpetu, como se ve en seguida:

¿qué misteriosa arte

                 de mis ávidas manos te desvía?

Como el rayo del día

tal huyes al tocarte

               y sólo puedo verte y desearte. (57)

 

El desvío del Amado se concreta en la dolorida queja:

¿Por qué, si enamorado,

                 la ley esquivas del abrazo ardiente?

¿Por qué la dulce fuente

hurtas del bien deseado,

                     dejando labio y corazón burlado? (57)

 

Y Concha Urquiza, entre los estallidos volcánicos del magma que se agitaba en las profundidades de su ser, con ansias de unirse a la divinidad, le hace entrega de su pensar y su sentir en toda su imperfección:

           Te doy mi sombra de razón oscura,

                   te doy mi corazón errado y ciego. (132)

 

Desde esa miseria reconocida se percibe una esperanza encubierta: la dádiva a la divinidad para que la anule, sin petición formulada.

Pero finalmente, algo en ella aniquiló sus ansias de unión a Dios. “Nox”, el último soneto que escribió Concha Urquiza lo testimonia claramente en uno de sus cuartetos:

         Ni siquiera el susurro de Tus pasos,

       ya nada dentro el corazón perdura;

                 te has tornado un “Tal vez” en mi negrura

                 y vaciado del ser entre mis brazos. (188)

 

Y todo ese proceso con todos sus altibajos que podía haberse perdido permanece en la poesía de Concha Urquiza, ya que ésta, como toda poesía bien lograda, tiene el poder de mantener vivo en toda su potencia, con todos los matices, lo experimentado y sentido en su complejidad integral. En ella se cumple lo que Rosario Castellanos dice del acto poético al preguntarse: “¿Qué aprehende la poesía si no el instante que aspira a convertir en eternidad?”. En ese instante Concha Urquiza acierta a poner la hondura, el calor y el color de sus sentimientos, pensamientos, intuiciones y sensaciones que le da la luz de su espíritu, con la profundidad y sinceridad con que los ha penetrado.

Precisamente para expresar toda esa complejidad sin falsearla trabaja incansablemente su lengua en sus aspectos morfológico, rítmico, sintáctico y de variada versificación, y sin embargo, no le satisface el resultado: las distintas versiones de algunos de sus poemas lo prueban, y las muchas influencias a las que se sometió las impregna de su propio sentir, transforma su ajenidad en algo propio que reestructura y reelabora. Su lengua poética está constituida así de palabras portadoras de fuerza profunda y altísima belleza.

 

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*