CONCHA URQUIZA: UNA OBRA DE “CONTRARIOS PRINCIPIOS”

 

Por Benjamín Barajas

 

Concha Urquiza (1910-1945) se definió a sí misma como una mujer de “contrarios principios”. En su vida y en su obra se respira la pasión por el saber, saber al que se llega mediante la formulación de preguntas. Ella fue un ser prodigiosamente inquisitivo y, quizá por eso, su búsqueda fue gratificada con espléndidos poemas que hoy siguen convocando a esa inocente criatura, mejor conocida como “lector”.[1]

Sobre la vida de Concha Urquiza hay un amplio anecdotario que no conforma una biografía exhaustiva sobre sus relaciones familiares, intelectuales y literarias, en una época muy complicada, debido al movimiento revolucionario y su estabilización facciosa en la década de los años veinte del siglo pasado; que incluyó, por cierto, la guerra cristera y en los años treinta, la puesta en práctica de la reforma agraria, por obra y gracia de otro michoacano, el general Lázaro Cárdenas.

Sin embargo, la ausencia de una “biografía absoluta” contribuye a crear una atmósfera de misterio que, a nuestro juicio, beneficia a los creadores, pues lo más importante de ellos siempre estará en sus obras más que en su vida. A menudo hay escritores con espléndidas biografías, pero con pésimas obras; en cambio, ¿qué podemos decir de las vidas privadas de Homero, Shakespeare o Cervantes?

Llaman la atención, sin embargo, en el caso de Concha Urquiza, algunos datos aislados que dan cuenta de un temperamento vivo, palpitante, lleno de contradicciones y, por ello, profundamente humano. Se sabe que la poeta michoacana fue militante del Partido Comunista, cuyo corpus doctrinario suele incluir el rechazo a la religión, por constituir el “opio del pueblo”. Después de un rápido desencanto, renuncia a este credo político, en 1937, e ingresa a la “Congregación de las hijas del Espíritu Santo”, donde abraza el catolicismo y se guarece del mundo. Un año después, viaja a San Luis Potosí donde permanece un lustro, entregada a las labores docentes.

A lo largo de sus escasos 35 años, Concha Urquiza protagonizó una existencia en la que vivió la decantación de lo esencial, para terminar su presencia física en la Tierra como los grandes Hijos elegidos por la divinidad: en la plenitud de sus facultades creativas.

En este contexto, a Urquiza le fueron concedidos varios dones como fueron la amistad, el conocimiento (en un mundo en que las mujeres carecían de los medios para destacar en igualdad de circunstancias que los hombres), la fe, el amor terreno desencantado, el genio poético y el don de la tragedia: este, que se materializó en su muerte por ahogamiento, suceso lamentable que, sin embargo, corona una trayectoria que se enmarca en una tradición cristiana de sacrificio en pro de la liberación espiritual y conduce a las almas a un remanso de plenitud imposible de alcanzar en este mundo.

Este postrer acontecimiento, convirtió a nuestra poeta en una figura mítica a la altura de otros autores y autoras de gran relevancia, como fueron, sólo por citar a algunos nombres, el poeta y las escritoras John Keats (1795-1821), Percy Bishey Shelley (1792-1822), Emily Brontë (1818-1848); y en Hispanoamérica, el mismísimo Federico García Lorca (1898-1936), Delmira Agustini (1886-1914), María Antonieta Rivas Mercado (1900-1931) y Rosario Castellanos (1925-1974). Todos ellos han cosechado un enorme reconocimiento después de su desaparición física.

Pero el don de la poesía fue el más cultivado, y logrado, por Concha Urquiza. Don que estuvo acompañado por la fe en Dios como un faro que le dio sentido a sus búsquedas y lugar de residencia y reposo en los momentos de flaqueza. El debate de la crítica sobre si la poeta michoacana fue una figura mística o una ascética, me parece, quedó zanjado desde el principio por el doctor Gabriel Méndez Plancarte, quien afirmó lo siguiente:

Si la calificación de “mística” se toma en su sentido técnico y se reserva exclusivamente para aquellas obras literarias que expresan o narran las sobrenaturales experiencias que la teología católica reconoce como tales, no creo que la poesía de Concha pueda calificarse de mística en tal estricto sentido. (…) Pero si por “mística” entendemos (…) aquella sagrada “obsesión de Dios” que caracteriza a ciertas almas de excepción, aquel ímpetu irreprimible que, volando por sobre todas las creaturas, va a clavarse como un dardo de fuego en las entrañas del Absoluto y a fundirse con Él en arcana unión de amor; entonces sí podemos llamar místicas –y místicas de muy alta calidad– la poesía y las prosas de Concha Urquiza.[2]

 

Y dos hermosos poemas en versos alejandrinos, el primero, y el otro en endecasílabos, nos hablan de la sagrada “obsesión de Dios” de la voz lírica de Concha Urquiza. Poemas que leemos a continuación:

 

“Como la sierva…”:

Como la sirva que brama

en las corrientes de las aguas,

mi alma tiene sed de ti, Dios mío…

Salmo XLI-2

 

Yo soy como la cierva que en las corrientes brama.

Sed y polvo de fuego su lengua paraliza,

y en salvaje carrera, con las astas en llama,

sobre la piedra el casco golpea y se desliza.

 

 

Corriente abajo, al borde de las aguas tranquilas,

donde perennemente fluye tu Rostro manso,

los que te aman beben con labios y pupilas,

saciando sed eterna sobre el hondo remanso.

 

 

Ciega de sol y angustia, preñada de agonía,

la bestia enloquecida galopa todavía

a par del espumoso rugido del torrente;

 

sólo a veces el viento, que tan de lejos vuela,

le dice la frescura de aquella fontezuela

donde tu Rostro manso fluye perennemente…[3]

 

Nox (o “Noche”)[4]

 

Un soñar con el pálido ramaje

y las llanuras donde cuaja el trigo,

un aspirar a soledad contigo

por los húmidos valles y el boscaje:

 

un buscar la región honda y salvaje,

un desear poseerte sin testigo,

un abrazado afán de estar conmigo

viendo tu faz en interior paisaje:

 

tal fue mi juventud más verdadera;

en el clima ideal de tu dulzura

maduró mi divina primavera:

 

y tuve mi esperanza tan segura,

como que en la hermosura pasajera

se me entregaba, intacta, Tu hermosura.

 

Desde luego, una poesía de tono tan elevado, que suele llenar de un contendido hermoso los viejos odres de las formas clásicas, como el soneto, podría situar a su creadora, desde una mirada ingenua, como una “flor en el desierto”, fuera de su tiempo, “un avis rara” inmersa en un mundo en el cual predominan las vanguardias, que exudan modernidad y, por consiguiente, prodigan tonos de vibrante velocidad expresiva.

Estas conjeturas forman parte de los mecanismos de exclusión que ha empleado la crítica para escribir la historia de la poesía mexicana, a partir de una serie de figuras señeras que van de López Velarde a los Contemporáneos, Taller y la Generación del 50, cuya cúspide se corona con la antología Poesía en movimiento, de Octavio Paz, obra que sólo recupera las voces de dos mujeres: Margarita Michelena y Rosario Castellanos.

Por fortuna, en la investigación monumental de Margarita León, De contrarios principios engendrada, se hace un estudio histórico y un análisis profundo de la trascendencia de Concha Urquiza. La profesora sitúa a la michoacana entre los movimientos romántico y modernista; a través del influjo de autores como Manuel Gutiérrez Nájera, Salvador Díaz Mirón, Luis G, Urbina, Amado Nervo y Enrique González Martínez.[5]

Asimismo, Concha Urquiza no sólo retoma el tema religioso, sino que es continuadora de otros poetas como Manuel José Othón, Ramón López Velarde, Alfredo R. Plascencia y su amigo Gabriel Méndez Plancarte, entre muchos otros.

Por otra parte, Urquiza retoma las inquietudes intelectuales de su tiempo, cómo es el retorno a los clásicos griegos y latinos, iniciada por el Ateneo de la Juventud, con Alfonso Reyes, José Vasconcelos y Pedro Enríquez Ureña como guías. También asimila el movimiento renovador de la poesía hispanoamericana, impulsado por el modernismo, cuyo líder indiscutible fue Rubén Darío. Todo ello, la lleva a cultivar los temas de la lírica clásica, medieval, renacentista y barroca, vertidos en las formas métricas tradicionales como son las églogas de Virgilio y Garcilaso de la Vega, las liras de fray Luis de León, el terceto, propia de La divina comedia de Dante, el soneto endecasílabo de Petrarca y del barroco español, etcétera.

Lo anterior nos demuestra que, con la obra de Concha Urquiza, asistimos al engarce entre la tradición y la modernidad: su obra recupera la tradición para robustecer las vetas líricas que habrán de continuar en la poesía mexicana posterior, tal es el caso de los escritores Alejandro Avilés y Javier Cicilia, por citar dos ejemplos. Sobre esta perspectiva comenta Margarita León:

La poesía urquiziana sigue una línea retrospectiva para lograr una visión de futuro: del presente (romanticismo, modernismo, neoclasicismo) va al pasado (Edad Media, Renacimiento) y desde ahí, en un recorrido por las tendencias más significativas, llega a lo que la autora considera como la poesía de todos los tiempos, la poesía mística española.[6]

 

Finalmente, debemos subrayar que la lectura de las obras de un escritor, vivo o muerto, es quizá el mejor homenaje que se le puede hacer. Este sencillo acto posee la virtud de actualizar las vivencias y multiplicar las emociones y los sentidos implícitos en sus páginas; especialmente cuando se trata de la poesía de una mujer y una obra extraordinarias. Es el caso de Concha Urquiza.


 

[1] Dámaso Alonso comenta: “No olvidemos una verdad de Pero Grullo: que las obras literarias no han sido escritas para comentaristas o críticos (aunque a veces críticos y comentaristas se crean otra cosa). Las obras literarias han sido escritas para un ser tierno, ino­centísimo y profundamente interesante: “el lector”. Las obras literarias no nacieron para ser estudiadas y analizadas, sino para ser leídas y directamente intuidas.” (Primer conocimiento de la obra poética: el del lector).

[2] Concha Urquiza, Poesías y prosas, pról. Gabriel Méndez Plancarte, Ediciones El Estudiante, Guadalajara, México, 1971, p. xi.

[3] Concha Urquiza, Antología, Jus, México, 1975, p. 37.

[4] Concha Urquiza, Antología, Jus, México, 1975, p. 21.

[5] Cf. Margarita León, De contrarios principios engendrada. Poesía y prosa de Concha Urquiza, UNAM, México, 2009, p. 10 y ss.

[6] Margarita León, De contrarios principios engendrada. Poesía y prosa de Concha Urquiza, UNAM, México, 2009, p. 12.

 

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