Raúl Torres, profesor de griego

David Noria

Nunca había visto tanta deferencia de un mesero hacia un comensal. Cuando Raúl Torres llega a “Los Panchos” de Polanco, el personal se apresura a recibirlo. Una vez en la mesa apropiada, el “señor Torres” adquiere categoría de cuerpo celeste, alrededor del cual varios satélites le prodigan atenciones en armonioso cortejo, órdenes consecutivas de quesadillas, tacos y caballitos de espirituosos, Herradura Blanca de preferencia. Ya Raúl venía de joven en compañía de su madre y ha sido testigo de ese inexorable ciclo de la vida por el que los gerentes, a pesar de su aire de potentados, ascienden un día al puesto definitivo de las sombras, sustituidos sin aspavientos por quien fuera el mesero más humilde, que ahora, con corbata y modos de general, le dice al servirle personalmente la primera ronda: “Señor Torres, ¿se acuerda cuando llegué limpiando mesas?”. Tragedia isabelina discretamente consumada, su reverso consiste en que al gerente no se le debe escapar que el ayer joven acompañante se sienta hoy a la cabecera, escoltado a su vez por quienes deben ser sus discípulos, habida cuenta de que el señor Torres es profesor de griego, oficio inusitado que en el ámbito todo de la restauración mueve a un venerable respeto.

No hay clase más llena en la Facultad de Filosofía y Letras que el primer día de su curso de Griego I; no la hay más vacía, o más selecta, que el último día de su curso de Griego IV. Aquel tránsito de una caravana cada vez más menguada se me representa ahora como los cuarenta años en el desierto del Éxodo, no por lo árido, sino por ser conducidos a través de milagros sin número en el terreno extraño de una lengua muerta. Muchas lecciones y no sólo de gramática están grabadas imborrablemente en sus alumnos. Pero no es para hoy el definirlas. Volvamos mejor a “Los Panchos” donde una tarde lluviosa me reveló que su primer viaje a Europa, adolescente y solo, tuvo por objeto el peregrinaje por los santuarios del único héroe que sigue incólume en su panteón. En la casa museo del compositor de la sonata op. 111 –“el summum de la música”, como se refiere a ella–, dedicó un día entero a visitar cada uno de sus tres pisos ante el estupor del guardia. Al tercer día, ya en el último piso, el entonces joven pianista mexicano permaneció de pie durante horas frente al instrumento del maestro –se dice que Sócrates, insensible al frío, al hambre y al sueño, podía permanecer de pie durante largo tiempo–. Francamente conmovido o asustado, el guardia teutón le dejó tocar en el instrumento de Beethoven. 

—Ahora le vamos a pedir una orden de maciza y dos Bohemias.

—De inmediato, señor Torres.

Un día le llevé algún artículo mío en La Jornada Semanal. Tiempo después me correspondió con un artículo suyo publicado en el mismo suplemento pero quince años antes, llamado “¡Para ser profesor de griego, toca usted muy bien el piano!”. No se refiere a él mismo (aunque lo dudo) sino a Nietzsche, de quien nos revela que, antes del furor y la blasfemia, cultivó la piedad escribiendo música religiosa y cuartetos de cuerda, donde el joven helenista y amigo de Wagner aprovechó sus estudios sobre la métrica antigua. “Entendemos ahora –escribió Torres– a un Carlos Chávez estudiando el tratado de música y métrica griegas de Adolfo Salazar y componiendo, luego, su Sinfonía Antígona”.

En las paredes de su casa cuelga el célebre retrato de Beethoven que Joseph Mälher le hizo a sus treinta y cuatro años. No sin solemnidad, procede a develar el significado de las ruinas griegas en el último plano, los dos cipreses en el valle oscuro y la postura desafiante del divino músico que, en perspectiva, cubre con su diestra la Puerta de la Muerte conformada, en efecto, por los dos lúgubres árboles, más allá de los cuales asoma, representada en las blancas columnas arruinadas, la Belleza: la lira en la mano izquierda, además, es el atributo de su identidad mitológica. O bien, al contemplar el retrato de Félix Mendelssohn junto a su piano vertical, me hizo notar: “¿Ve su sonrisa? Está feliz, como su nombre, es decir, productivo, fértil”. Esta certidumbre de que los nombres, las palabras y en general los signos no son banales ni arbitrarios en las manos de los elegidos, preside cada una de sus intervenciones. Para sus alumnos era una lección casi sibilítica contemplarlo leer un solo verso, latino, griego o alemán, para extraer de él –de su metro, cesuras, sintaxis, aliteración y referencias– todo un mundo de sentido, oculto para los profanos.

En el restaurante “Los Panchos” no esperen hablar con él de literatura “mejicana”, como le gusta escribir la grafía de nuestro país. Confiesa con evidente desplante: “Yo nunca he leído nada en español”. Un solo autor está en el centro de su espíritu arisco: Goethe. Todas las demás lecturas, antiguas o modernas, son para él ancilares en la comprensión de su obra o bien paseos alrededor de ese jardín imperial de quien apoda a veces Juan Lope de Goethe. Es fácil el símil –ya lo adivina el lector– entre Torres y el Fausto del primer acto, solo en el pináculo de la ciencia, hastiado ya de los libros, testigo de la vanidad que encierran e importunado por jóvenes aprendices de brujo. 

—Para terminar tráiganos una botella de tinto y dos órdenes de cuerito.

—¿Cabernet Sauvignon le parece bien?

—Mejor un Borgoña.

Pensándolo bien, hay un autor nacional que lo ha ocupado: el jesuita Francisco Javier Alegre, poeta neolatino y traductor, al latín, de la Ilíada, la verdadera y única gloria literaria de México. México que –subraya– no fue “descubierto por España”, como se repite sin sentido, sino por el Sacro Imperio Romano Germánico.

Al salir del restaurante rumbo al metro Reforma y pasar por el Edificio de la Secretaría de Salud, inaugurado en tiempos de Lázaro Cárdenas, sin detener el paso ni voltear ni siquiera a mirarlo, me pregunta y se responde enseguida, como quien sabe bien lo que dice: “¿Ya vio ese edificio? Arquitectura cien por ciento nazi”. Llovía. 

0 Shares

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*