Nina Hagen, de la ópera al Rock

Marco Antonio Herrera Guido

 

La primera vez que escuché a Nina Hagen fue en 1980, en un programa de TV que dedicaba una hora al Rock internacional. Me dejó impresionado su portentosa voz de soprano coloratura y su atuendo rarísimo entre oficial de la Gestapo con bigote pintado de quepí alemana y monja en una sola persona. Además de que se hacía acompañar de una excelente banda de rock agresivo y sólido. Nina Hagen Band. Un amigo me prestó discos y casetes, y después conseguí discos de la Hagen: In eksyasy, Fearless y el clásico de Nina Hagen (versión alemana).

Katharina Hagen nació el 11 de marzo de 1955 en Berlín Oriental, a escasos años de que se cerrara el muro, ahora felizmente derrumbado. Nina es hija de la famosa actriz y cantante Eva Marie y del poeta radical Hans Hagen, que muere de pulmonía en la cárcel, cuando la pequeña Nina sólo tenía cuatro años de edad. Una tragedia que marcó su vida, pues en sus conciertos suele imitar a su padre —su alter ego— con una voz áspera de barítono. Verla en escena es todo un espectáculo: otro mundo. Un personaje de ciencia ficción, cual, poseída del demonio, baila, brinca, gesticula y sobre todo canta.

Canta con una técnica que va mucho más allá de géneros o estilos, con una voz muy bien estudiada en el bel-canto (participó en la ópera de Berlín), aunque su máxima expresión es el rock duro, anarquista y punketo. El rock en el límite más grueso. Resulta siempre fascinante y sobrenatural lo que Nina crea con sus elásticas cuerdas vocales que abarcan cuatro octavas. Y canta fuera de toda norma y toda forma. A tal punto que para amantes ortodoxos de la ópera resulta repulsiva y monstruosa. Entre maldiciones y blasfemias, con ribetes de canto a tirones, tronos, susurros, gritos, gruñidos y gemidos, va dando paso a una voz brillante de soprano wagneriana, que luego se diluye en las más delicadas florituras. Un verdadero demonio que se metamorfosea en ángel, a veces en la misma frase entre los seguidores del movimiento dark. Por lo que entre los dark ha sido muy apreciada, y cuenta con una digna sucesora: Diamanda Galas (otra hereje, de la que me ocuparé en el próximo ensayo). Nina Hagen, en fin, es la mejor cantante que he escuchado en mi vida.

Para entender su radicalismo, su personalidad esquizoide y su arte, es necesario adentrarse en los abismos del rock, la política, la mística y la ufología, en una mescla que es producto de nuestra época. Si Freud la viera y la escuchara se pondría a llorar y quemaría todos sus libros de psicoanálisis. La sola presencia de la Hagen expresa lo que se llama posmodernismo, superior a los rollos de Lyotard. Lo que hubiera dado Buñuel por hacer una película con ella, o Andy Warhol por tenerla con los Velvet Undergraund en dueto con Nico.

¿Qué más podría decir de la cantante y actriz más cibersónica de los ochentas? Algunas frases de ella misma pueden retratarla fielmente, sin exageraciones: “Mi arte no es tradicional sino Kitsch… trascendente, un alto Kamp, alta kultura”. “El mundo está totalmente podrido. Sólo mejorará si nos solidarizamos. Entonces todos nos volveremos UNO, un UNO supercalifragilístico y exorbalitónico”. “Hay muchas naves nodrizas rodeando la Tierra, en espera de salvar a alguien que esté interesado, justo antes de que el planeta se desvíe de eje”. “No quiero un concierto perfecto, sino un teatro loco; quien no lo comprende es gente de ayer, sin sensibilidad a las cosas nuevas”. “Me llamo Nina y soy muy buena onda. Soy de Berlín la madre del punk ¡Gracias a Dios!.  

 

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