MARÍA DE LOS MUERTOS

Por Miguel Tonathiu

Escuché a un hombre dando noticias a través del altavoz, lo hice por continuar en sintonía con el gris que percude las casas de ese pueblo perdido. 

Debía esperar unos días para salir a traer mercancías de la ciudad.

“¡Los detuvieron en la esquina, cuando intentaban huir!”, gritó el hombre que llevaba los periódicos en las manos. “¡Los descubrieron saliendo de la casa de las víctimas!”

       Yo no recordaba quién era ella. Creo que pertenecía a una imagen antigua sin descifrar. La reconstruyo como un día de sol intenso, un sonido que venía de afuera poco a poco y se hacía más claro conforme se acercaba. Luego entonces su blancura y su belleza venían a mí como fragmentos de otro tiempo, casi de otra vida.

    Ese ruido se imponía en el ambiente como un elemento complementario al color de la piedra rosada. Pudieron haber sido días o años, no lo recuerdo. Hay una laguna en ese fragmento de memoria. En realidad, no supe cómo terminamos en el segundo piso de mi departamento en Zacatecas. 

“¡Los detuvieron en la esquina entre Manuel M. Ponce y Fátima!”, gritaba el hombre de los periódicos en el brazo. “¡Los descubrieron saliendo de la casa de las víctimas!”, remataba.

Iba a pie sobre las aceras de cantera y con el sol cayendo a plomo sobre el sombrero de paja. Me asomé a verlo. Era un hombre con un bigote prominente alargado y curvo en las puntas. Seguramente venía de un municipio cercano: Guadalupe o Sombrerete. Lo veía desde mi ventana en espera de algún enunciado que me interesara: “Los agarraron con…”. 

Me dio sueño y un poco de hastío. Ya no quería ser ese Mario Canvas que vivía en la Ciudad de México hace años.  Deseaba ser el nuevo Manuel Bárcenas, el vendedor de artículos chinos en el local del centro de este estado. Ese desconocido que pasaría inadvertido para todos los sistemas de inteligencia del país y ya no sería involucrado con el mundo de policías.

Sólo me asombraba que se hicieran daño los mismos pobladores y culparan a los viajeros como yo de sus malestares. Para ellos todo lo negativo de esa atmósfera venía de lejos. Resultaba insoportable, pero no existía forma alguna de desmentirlos en su cara. Esos hombres y mujeres se mentían: el mal venía desde dentro. 

Era algo común, exagerado por cierta malicia periodística. Les gustaba invertir su realidad que era de poco interés. Esa era una historia de todos los días para la gente común. Cualquiera está expuesto al crimen organizado en una región como ésta. 

–¿Eran secuestradores? –preguntó ella. Al fin salió de las sombras del cuarto. 

–Son comunes. 

Estas palabras las dije de inmediato, casi a la defensiva. Ella se apareció de pronto y reuní los fragmentos. Era blanca y alta; su cabello, largo, rizado y claro la hacía ver como una niña vulnerable; igual su piel en los hombros y con tono sutil en la voz (características que la hacían parecer menor a su edad); a pesar de todo, su rostro parecía carente de expresiones. Tenía unos treinta años, quizás un poco menos. Nunca supe de dónde la conocí. Ella estaba allí de pronto. Su rostro me era extrañamente familiar.

El hombre del altavoz se acercó a la casa y se detuvo enfrente. El poder de su megáfono hacía retumbar los ventanales una y otra vez. Toda la calle empedrada podría sentirse incómoda con algo grotesco como esto. Resultaba así: mi elección para vivir tranquilo en un sitio lejano a la ciudad era un error. “¡Los agarraron cuando llevaban las pruebas del delito!”, su voz era nasal. Hizo un alto a sus pasos cuando me vio tras la cortina observándolo.  El hombre ocultaba su rostro en el contraste de sombra exhausta. Su voz la recordaba con certeza. Un hombre así me estuvo vigilando en mi tiempo en la policía. Únicamente puedo reconstruir su apariencia. El hombre del sombrero se veía agotado por el sol con la camisa desabotonada a la altura del pecho. 

Unos niños se acercaron a pedirle el periódico y luego se alejaron: “¡Sacaban la mercancía y luego pedían rescate; por cien o doscientos mil pesos…!”, parecía decirlo con toda mala intención, hablándome, quizá a mí. Ella reapareció desde el fondo. 

–No entiendo. 

La miré una vez más, se veía impresionante. Tenía una imagen perfecta con mi camisa puesta. La vi descalza. Me entusiasmaba la desnudez debajo de la tela fina. Ella traía un tazón en las manos y me mostraba sus piernas blancas cuando levantaba el café para beberlo. Dio unos pasos breves que me hacían ver que ella flotaba. La voz del vendedor de periódicos nos abrumó a ambos y yo, desde la ventana, le respondí: 

–No te acerques, tengo la cortina abierta. 

No era necesario entender sus palabras. Otra vez afuera, el sonido irremediable del megáfono hacía hincapié en una nota inteligible. “Por la noche esperaban el sueño de sus víctimas para entrar en sus casas”, se escuchó retumbar por todo el apartamento. El hombre del sombrero estaría enojado o ebrio, pensé. 

–¿Escuchas eso? –dijo. 

Hastiado volví al cuarto de donde provenía la imagen de mármol que era ella. 

–María José, deja eso, es una estupidez –me sorprendió mi memoria–. Aquí roban cualquier cosa, hasta los sueños –le dije, a sabiendas de que el encantamiento en el cual se encontraban todos sus habitantes no era cierto. “Los agarraron como a ratas. Ellos vaciaban las tarjetas de sus víctimas”. Volvió a retumbar mi casa y ella trataba de argüir lo asombroso de esa noticia. Yo no conocía del todo a María José, pero percibía algo que venía sujeto a su nombre repentino. 

–¿Pedían cincuenta o cien mil pesos por esas baratijas? –dijo recostada exagerando sus gesticulaciones, descobijándose y mostrando sus senos pequeños e invitándome a la cama. 

Yo estaba cansado. Estos escenarios me resultaban familiares desde mi llegada a Zacatecas. Me hacía falta una nueva compañera cada día para refrendar la vida que tuve en la Ciudad de México. Fue la vergüenza de llegar aquí para escapar de la maldad que rodea a la policía. Un agente doble como yo. Vivir entre esta gente, desconocida para mí y yo para ellos. Admitían mi situación de mercader para pagar mis cuentas, sin pedir detalles del origen de mi dinero. “Fue en la calle de Fátima”, seguía el hombre. 

No quise enterarme de los detalles por el pedazo de papel impreso. Eran las doce del mediodía. 

–¡Escucha, otra vez! –exclamó.  

“Robaban los sueños de los vecinos y luego exigían rescate. Operaban en la zona de departamentos, tal y tal”. Esta era la zona. Resultaba un argumento absurdo, pero seguí escuchando: “La mujer seducía a sus víctimas para quitarles sus sueños con un procedimiento de brujería, según dicen. Hacían rituales de magia negra”. 

–¡Estupideces!, la gente de este pueblo sigue creyendo en hechizos– dije para defenderme de la realidad. Quise mentir para provocar las palabras de ella. No deseaba creer esa historia. 

–Ven. Está bien. Tienes razón. Son idioteces.

 Se rascó la barbilla y, finalmente, me abrió las sábanas de la cama. 

Yo vi su cuerpo recostado, como la primera vez. Sentí su olor y ese deseo antiguo. Entonces sonrió. Ya no oí al hombre porque perdí absolutamente la noción del tiempo.

*  *  *

 El silencio se manifestó en el apartamento. Algo me hizo falta. Miré hacia la ventana y luego traté de recordar al hombre del altavoz; venía quizá por mí, lo enviaron a buscarme cuando supieron que había desaparecido de la Ciudad de México. Su sonrisa me parecía familiar, era uno de los hombres de los grupos delictivos a los cuales me infiltré e hice daño, seguramente. 

El sonido del teléfono móvil me desesperó. Descolgué con dificultad: 

–¿Cuánto pagarás por tu sueño de ayer? ¿Cuánto por aquél que tuviste hace un día y no lo recuerdas? –decía una voz hermafrodita que no dejaba de hablar como si me conociera desde hacía años.

Yo no supe quién era, no quise jugar su juego. Entonces traté de recordar mi nombre. Luego qué hacía allí, cuál era mi residencia. Nada. Seguía igual que ayer. Sólo entre nubarrones distinguí al hombre que vendía los diarios. Esa mujer… María José me había dado algo de beber para que olvidara lo que pasó… ¿Anoche? ¿Cuántos días…?

Cuando me atreví a contestar, escuché lo siguiente: 

–Todo está en este segmento. Esos recuerdos viejos. Aquí los conservo entre tus sueños, idiota –dijo, y entonces corroboré que era María José. Pero estuvimos toda la tarde, ¿qué sucedió en la noche?, ¿significa algo este amanecer? Ella estuvo conmigo porque la cama parecía guardar una sombra al otro lado; no tengo certeza, no recuerdo su rostro, pero sé que era blanca y… Sus ojos no los logro recordar, pero su olor me parece incomprensible. 

–¿Quién te crees? Son baratijas, no valen nada; mejor te hubieras llevado mi teléfono o mi ordenador; no creo en ti, ni en la brujería –dije y reconocí su perfume. Su recuerdo se mezclaba con su voz y sus gestos de ingenuidad. 

–¿Qué quieres, cabrona? 

–Esto vale al menos unos 100 mil pesos, pero por la tarde y lo que hubo, te daré la oportunidad de que disfrutes de la memoria antes de mí. Únicamente un día. Te diré una palabra para que recuerdes mi nombre y lo que hicimos; entonces sabrás lo que ofrezco. Yo creo tiene un valor de 500 mil pesos.

Me habló tan natural; pensé que se lo tomaba muy en serio. Era un truco, sabía detalles de mi vida. Quizá ella también había sido enviada por los federales. Si el hombre de afuera me hallaba estaría a unos días de mi muerte: ellos no dejan cabos sueltos. Entonces un frío interno me heló; la mañana estaba nublada. Yo traté de ganar tiempo, parar el calor alojado en mis músculos. Se llenaría de sangre mi piel y me dejaría pensar con claridad. Me hizo dudar. ¿Si ella sabe de México? Tendría que reconocer los detalles de la transacción: ¿qué había escuchado anoche? 

–Nada nuevo me has dicho; estoy, según tú, en tus manos –respondí. 

En ese instante salía a la terraza con los zapatos deportivos que encontré debajo de la cama. Parecía reconocerme en ese pasado nebuloso que no acababa de descifrar, pero no me preocupaba su estupidez, sino la ilación, la lógica sobre las acciones; yo las iba a borrar antes de salir de este pueblo.  Algo se movió en la maleza de la maceta. Emanó del breve césped de la terraza. Alivio. Sólo era una serpiente café con una línea fina sobre el lomo. Se enroscó y los anillos de piel fría mostraban un dorso claro y peligroso. Huyó sin desaparecer. Me senté en la silla del patio.

–¿Ya estás en la terraza? –dijo la voz. No te asombres, ese sueño me lo habías contado antes. Es parte de las cosas que me confesaste. También, hay un nombre que aún no descifré, no sé si está en nuestro idioma, pero me parece trascendente: “Canvas”. 

Era peor de lo que pensaba. ¡Me sentí descubierto, tenía acaso horas para salir de esta ciudad y este estado! Al fin sabía alguien mi nombre de trabajo en la lejana ciudad. Esa vieja actividad como encubierto en las bandas de trata y venta de drogas. Huí por eso. Fingí mi muerte para que no me encontraran. Nadie puede utilizar mi nombre o estaré muerto en unas horas. ¿Ella trabajará con los criminales? 

La serpiente estaba buscando como emerger del macetón y mostrar un poco el hocico; su lengua bífida salía y entraba en su boca de forma veloz probando quizá la densidad del aire. Ese aire era para mí asfixiante. 

Ella continuaba atormentándome por mi falta. Seguí sus órdenes para ganar algo de tiempo. Estaba seguro: la droga de un día antes me causó amnesia, y el efecto pasaría de un momento a otro. 

Entonces, ante el barandal pasó el hombre de los periódicos con el altavoz debajo del brazo; hizo una caravana con el sombrero y dejó un periódico debajo de la puerta de la entrada al edificio. 

–No te entiendo –dije a manera de provocación en el teléfono. 

–Entra a la habitación y dentro del cajón de la cómoda hay instrucciones, las cuales debes de seguir, para que yo reciba mi dinero y me vaya de aquí. No soporto este pueblo. En esta historia de hoy, yo soy la secuestradora. Mañana todo puede cambiar. 

–Quiero tu palabra de que nadie más sabe de esto; a pesar de la droga, aunque puedas darme algo que me haga recuperarme de la amnesia. Me provocas y sólo te pediría que esa información no fuese compartida por tu bien y por el mío.

La voz calló. Luego de unos minutos se escuchó un suspiro. 

–Es temprano y hace frío; te hablaré después de mediodía. 

–Vamos, hija de puta, dame una palabra –abrí el diálogo por temor a que cortara. 

–Créeme –dijo–, es el relato de este día. ¿Viste al hombre que te saludó?, traía la noticia de tus sueños. Te diré una palabra y con ella recuperarás tu memoria. Hemos jugado este juego tantas veces. La memoria se puede medir y lo sabes. Ve al cuarto y lee las instrucciones. Yo me comunicaré contigo. No responderé a tus insultos porque eres un simple bravucón. ¿Sabes? Eso fue lo que me gustó de ti.

Colgó.

Me di por vencido. Entonces fui a la habitación y saqué el papel de la cómoda; leí las instrucciones. 

Se oyó el teléfono móvil de nuevo.

–¿Ya las tienes? Entonces sabes lo que entregarás, dijo. También soy como tú, pero yo sí creo en la hechicería. Verás su verdad muy pronto –colgó. 

Las instrucciones al final estaban firmadas con su nombre. María José, a secas. 

Comenzaba a sugestionarme por esta situación, por esta mujer loca; sólo deseaba engañarla y huir de nuevo, escapar del pasado que me perseguía desde la Ciudad de México. ¿Por qué recordaba esto? El efecto de la droga estaría pasando, quizás. No quise llevar mi arma, la dejé guardada en la cómoda.

*   *   *

Recibí un mensaje de texto cuando me dirigía a la plaza de armas. Sentí un escalofrío que recorrió parte de mi cuello. Ella insistiría. Mantendría mi odio intacto. Quizá sólo era la tensión por seguir esta estupidez que yo sabía era una mentira. No deseaba leer más mensajes de teléfono -aunque fuesen amenazas- o escuchar la voz de esa mujer. Continué el paso hasta al sitio que ella describió en las instrucciones y me planté en la plaza de armas. Lo recuerdo, era un día soleado, el calor era abrumador. Llegué por la calle Hidalgo y lo primero que hice fue aproximarme a la fuente. Bajé las escalinatas lentamente, reagrupando la secuencia de mis pensamientos. No sabía si ella quería devolverme al mundo anterior. “Ya no deseo ser ese Mario Canvas que vivía en Ciudad de México. Deseo ser Manuel Bárcenas, el vendedor de baratijas en el local de esta ciudad colonial”, me repetía una y otra vez. De manera extraña, esto no lo había olvidado, aunque mi memoria no volvería del todo. 

Esta nueva identidad me había durado algunos años, no quería abandonar esa vida ideal que tenía ahora. 

Escuché otra vez el teléfono en mi bolsillo; lo dejé sonar, por miedo, quizá. Era un mensaje de ella. Esperaba recapitular mis recuerdos sin palabras (escritas en el aparato electrónico). Me vi impotente ante la pantalla digital: la curiosidad no me dejaba en paz.  Entonces descubrí en ese vocablo escrito las imágenes posibles como una sola línea, contenida como una ramificación de experiencias exageradas. Cada ramificación se multiplicaba por otros pensamientos que estaban enlazados. El origen de esa palabra abría en mi memoria un hueco que de pronto se llenaba de información. Pasó algo extraño. Todas las imágenes se multiplicaron en sensaciones, aromas…, mostró un panorama nuevo de la mujer. Extrañamente, comenzaba a confiar en ella. La palabra fue una mezcla de dos raíces: “sierpe-hierro”. Una serie de recuerdos se desataron como una figura clara: estaba la mujer y vi el cuarto; también una botella vacía. Era mi recuerdo de un día antes.

El sol no me dejaba pensar claro, estaba tan desesperadamente acalorado que desabotoné mi camisa para que el aire penetrara en mi pecho. Tosí. Recuerdo la sed y la sensación amarga de la noche anterior. Luego, en otro mensaje, llegó una orden de abandonar la plaza; ella me vigilaba desde algún punto estratégico. Miré alrededor: el edificio público, sería imposible que estuviera allí. A un costado aparecía el hotel Emporio. Probablemente se refugiaba en ese sitio. Traté de no llamar la atención después del mensaje. El propósito de mi acción era la mujer. Ella no se enteraría de que miraba el punto de origen de sus mensajes. Respondí inmediatamente en la pantalla del móvil: “Te creo, ya me di cuenta. Esa palabra extraña que enviaste era parte de mi pasado”. 

Estar aquí en Zacatecas para huir de mi infame pasado. No sólo perdía mi identidad a cada instante, sino que prefería ser este ente anónimo en otra ciudad. Pensé en convertirme en un individuo sin pasado específico, por eso cambié de nombre; huía como un criminal, a pesar de que era todo lo contrario. Había ayudado a combatir a los asesinos, los tratantes de blancas y los narcotraficantes. Se me pagaba con el ostracismo. Ahora esta mujer con delirios de hechicera quería hacerme creer algo distinto: podría olvidarlo todo. Una supresión absoluta del tiempo. ¿Desaprendería el camino andado? ¿Estaría a salvo sin mi memoria? Me empezaba a agradar la simple idea: alguien más cargaría con todos esos recuerdos destructivos. La gente que maté, los individuos que tuve que golpear para que no volvieran a hablar, las prostitutas y los padrotes que aprehendí para llevarlos a la cárcel. Las cosas horribles, todas esas atrocidades que cometí las hice como representante del bien. Traté de convencerme a mí mismo.

En esas cavilaciones me encontraba al caminar sobre la avenida principal, cuando ella llamó de nuevo y descolgué: 

–Ni lo pienses. En una sola frase puedo hacer que todos tus recuerdos malditos sean recuperados con una certeza irreductible. Imagina un infierno creado por ti mismo, por los peores momentos de tu vida, reconstruidos una y otra vez para quedar encerrado en ellos. Una memoria del mal. Terminarías condenado por tu parte más oscura. Por toda la basura que aprendiste cuando eras policía en la Ciudad de México. No necesito el mensaje de texto, tengo otros medios para hacerte llegar las palabras clave. ¿Has pensado en una pinta en alguna pared cercana a tu casa, que diga una palabra símbolo como la que te envié? –habló en tono dulce.

–No me interesa –dije–. No te creo. Lo que realmente estaría en juego sería tu vida, golfa de mierda. Esa memoria debería borrarse del todo.  

–No trates de amedrentarme –dijo–, yo no lo hago. No sabes. Soy capaz de reventar tu mente si ese fuese mi propósito. 

–Te propongo un mejor trato; ahora que sabes todo de mí, según tú, ayúdame a olvidar ese pasado, llévatelo. Te creo. Sólo enséñame cómo haces para sacar todo aquello que no necesito recordar. 

Al cambiarle al argumento su propósito inicial se había perdido, se extinguió el poder que tenía sobre mí. Mi cambio de actitud la sorprendió y la interrupción de su discurso lo demostraba. Ponerme de su lado logró desarmarla contra mí. Únicamente escuché la bocina del teléfono en silencio. La trampa estaba puesta: en algún momento ella saldría de su escondite o por lo menos me guiaría hasta el sitio donde se encontraba. Miré a todos lados, pero sólo veía efigies de personas moviéndose en la ciudad empedrada como fantasmas. 

Su estúpido secuestro de la memoria se había convertido en una cosa diferente. Comenzaba a agradarme ese recurso. Me desharía de ella para después huir de aquí. Fue entonces, al repetir su palabra-símbolo (Sierpe-hierro) que su imagen suave se mezcló con esencia de sabores, vino y un sutil toque de mandarina en el ambiente. Lo sabía: ella estaba cerca. Se percibía, finalmente, un dolor antiguo de pérdida. Sufrí la imagen que tuve mientras estaba durmiendo a su lado. Nunca la relaté; ella robó mis recuerdos, pero funcionaba por el efecto de repetición. Pensaba en ella.

Esperé la nueva llamada. Me quedé en la plaza mirando al sol de la media tarde. Desobedecí por completo su orden. Este juego lo había jugado antes. En breve, sabría si ella o yo tendríamos el control de la situación. Esperé la caída del sol sobre las luces transparentes de la calle de Hidalgo. No me detuve a mirar hacia el Hotel Emporio. 

No llamó y nunca salió de su escondite. Entonces decidí regresar al apartamento. Seguí hasta que los faroles me alcanzaron y después crucé el mercado González Ortega. La noche me tomó por sorpresa en los portales. Las “callejoneadas” se escuchaban a lo lejos. La banda coronaría el séquito de visitantes sorprendidos. La gente los seguiría por el centro de la ciudad con la ebriedad de la música. 

Decidí tomar un taxi y terminé mi recorrido hasta la calle de Enrique Estrada; luego caminé hacia el apartamento en el edificio de la calle Manuel M. Ponce, en Sierra de Álica. Sólo recuerdo la luna que estaba plena cuando andaba lento y entré a la calle de Fátima.

*   *   *

Al entrar al apartamento, ella estaba allí en mi cama. Fui hacia el cajón de la cómoda y busqué la pistola. Ella no me detuvo, ni me vio con temor. Me paralicé. Sin menor cuidado me leyó las palabras del periódico que el hombre extraño del sombrero había deslizado por debajo de la puerta principal: “Agencia EFE, Ciudad de México. – El día 18 de agosto de 2017 murió en la Ciudad de México el principal tratante de personas en el altiplano central. Su nombre completo era Mario Canvas Córcega, también conocido como Mario Escárcega o Manuel Bárcenas. Se escondía en una colonia de Zacatecas, centro. El indiciado tenía varias órdenes de aprehensión por el delito de secuestro, explotación y trata de blancas. La muerte del criminal sucedió cuando éste intentaba huir de la Ciudad de México con destino a Zacatecas, en un autobús de la compañía ETN, con un nombre falso. Regresaba a su escondite, pero fue identificado por el boletín de la central de transportes. El criminal, identificado con una credencial del INE como Manuel Bárcenas, murió a causa de una bala en un intercambio con la Policía Federal en plena Central de aut…” 

Me quedé petrificado por un instante. Según mi versión, yo había muerto en una redada de la policía en el bar Cadillac de la CDMX. Creí que la nota falsa era una forma de amedrentarme para que no regresara; aislado del mundo, sin amigos antiguos a quién recurrir.

–¿Qué te pareció? Lo importante no es lo que olvides –dijo–; lo importante es lo que aún está en tu mente. Con eso yo puedo trabajar. Sería bueno, quizá, revivir la balacera en la que fuiste asesinado.

–Eso te ayuda a mantenerte aquí. ¡No entiendo un pinche carajo! Tú creaste todo esto. ¿Quién te envió? –dije y estuve a punto de golpearla-. No me creo el cuento del policía y el ladrón de sueños. Eso es ridículo. No existe. 

–Tú asegurabas tener el control –dijo–. Todo el tiempo te escuchaba. Soy parte de tu mente. Estoy en un mundo que continúa sin ti.

Me desarmó y me fui al cuarto. 

–Estás jugando con mis pensamientos –dije defensivamente, me acerqué al ropero y saqué el arma–, no me agrada nada, María José, si es que te llamas así. No soy un hombre con el que se pueda jugar. Si ya sabes mi pasado, puedo matarte en este cuarto sin testigos, muñeca. 

–No me amenaces con estupideces –respondió–. Yo te hice una promesa y cumplí.  Yo soy parte de tu recuerdo. Tus palabras claves están a manera de símbolos; tendrás que esperar un día, al menos, entre cada una, para no causarle un problema a tu mente. También podrías confundir el pasado y pensar que es el presente o el futuro; cuando te acostumbres, piensa: esta noticia pudo haber sido un recuerdo. 

–Lo hago por ti –continuó–. La última palabra la escuché cuando apenas te conocía. Fíjate bien, comienza a la inversa, “SAVNAC”. El último vocablo de la voz y el último de este recuerdo. No diré nada más. 

El impacto fue inmediato. No lo podría traducir. La primera palabra de mi vida: Canvas, escrita a manera de espejo. Mi apellido y mi pasado. Entonces recordé a mi madre, mis hermanos y mi casa. Aquello se había perdido en mi niñez: los juegos de futbol en la calle.

Yo me decía: “mañana que me vaya habré terminado con todas esas mentiras”. Ese otro día que tendría que ser el último día, el primero, el intermedio, ya no tenía certeza de nada. La paradoja: ella consideraba que podría traer recuerdos del futuro. “Le mostraré quién era Mario Canvas Córcega, si es que algo queda de él en mí”. Solté el arma en el estante y me acerqué a ella. Ella permaneció inmóvil, hasta que la tomé del cabello mientras golpeaba mi pecho con sus puños. La controlé lentamente. 

Al fin, ella se recostó a mi lado. Había terminado sin explicación abrazándome a la fuerza. Accedí: su belleza era un arma innegable.

*   *   *

Despertamos de un largo sueño: “Los atraparon en la calle de Fátima”, gritaban afuera. Era el mismo hombre extraño de bigote y con el sombrero tejano; tomaba el megáfono y hacía retumbar los cristales de la ventana. Abrí los ojos. Supe quién era yo y quién María José. “Se resistieron a la detención y mataron a la mujer”. Tenía la boca seca, y pensé: “No volverá”. Pero de forma sorpresiva ella salió del cuarto contiguo con un tazón de café caliente, humeando entre sus manos afiladas y blancas. 

“La mujer salió del lugar y disparó contra los federales; ella era la autora intelectual de los plagios de los sueños”, seguía el hombre afuera. 

–Escucha, Mario –dijo–, esta parte me gusta en la historia del periódico. Yo también estoy muerta.  

Sí. Era su imagen mostrándome sus piernas, cuando elevaba el tazón para sorber de nuevo el café sabor amargo que impregnaba todo el cuarto. Sin saber la razón, ella estaba triste. “Fue identificada como María José Tejeira. Era alta y blanca, tenía como seña particular un tatuaje en el hombro”, decía la voz.

–¿Ves? Es éste –dijo–, el tatuaje que me hice cuando nos conocimos hace diez años en esta ciudad. ¿No recuerdas aún que yo me hice un águila en el hombro que tenía tu nombre?   

Yo la miré sin comprender del todo lo que sucedía.

Caminé hasta la cocina, sin fe. No quise hablar, estaba consternado. 

–¿Estamos muertos?  

“Murió instantáneamente después del disparo de la policía federal”, volvía la voz del megáfono. Las noticias se confundían en un ambiente de día claro, despejado. Probablemente eran las nueve de la mañana en ese recuerdo. 

–Nunca pensé que así sería mi muerte. Encontraría el motivo de mi camino de vuelta a Zacatecas en un sueño que podía repetirse muchas veces. Yo soy la mitad de tu memoria. Este lugar fue el sitio de dónde tú me sacaste, Mario. Estamos aquí. Es el lugar que ambos elegimos para vivir, pero nunca estuvimos juntos –dijo María José.  

Al fin había terminado.  “Los otros dos fueron arrestados mientras huían … Todo sucedió en la calle de Fátima”, seguía la voz afuera. Suspiré para limpiar el aire denso que rodeaba todo; el sol entraba en la ventana y me pareció cegador.  Partí una botella para aprobar mi muerte. También podría olvidarme. Acerqué las puntas a mi rostro para mirar su luz. Ella sonrió.

–No serviría de nada, Mario. Mañana volverías a comenzar tu día conmigo, como la primera vez.

 Ya no se escuchaba al hombre del sombrero. Quedé con la vista en la botella, cuando ella bebía el último sorbo de su tazón. 

–Mañana será diferente –dijo a manera de consuelo–, quizá reconstruyamos la historia cuando tú viniste por mí y me llevaste para vivir contigo. Quizá, en tu recuerdo, ya no estemos juntos. Cuando mañana nos veamos de nuevo y seamos otras personas distintas a las de tu memoria, para seguir vivos en esas imágenes. Justo es lo que sucede cuando se acaba la vida. Los recuerdos son polvo que se remueve y termina disuelto por completo. Ahora estamos juntos porque así lo quieres tú.  Estamos encerrados en tus recuerdos. Ésa es la verdad. El secuestro de ayer fue una treta de tu mente. Una forma de volverme tu enemiga y negar que estabas enamorado. Porque tú nunca metiste el corazón en el mundo de los vivos. Tú no lo permitías. Pero heme aquí.

Me senté a contemplar cada objeto del cuarto, y así logré saber que los olores también fueron parte de mi memoria. Nunca me percaté de la riqueza que había en ellos.

–No quiero que termine nunca, entonces –acepté y le sonreí.

Seguramente, el hombre ya habría deslizado el periódico debajo de la puerta (como ayer), para leer con detenimiento la noticia principal dispuesta para este día, y que quizá no fuera tan mala esta vez. “Mario Canvas Córcega repelió el ataque en…” 

Me quedaría, entonces, para reconocer y habitar mi destino. Me depararía otra cosa para el día de mañana. Abracé a María José y me fundí en su aliento. 

Ella seguiría mirándose hermosa, con mi camisa puesta, hasta que el percudido polvo de mi memoria acabase con todo.



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