¿Qué sabe Macondo de sí mismo?

Por Miguel Tonatiuh Ortega

El autor mexicano Carlos Fuentes (1928-2012) publica un libro descriptivo acerca del Boom Latinoamericano en 1969, dicha proeza la titula La nueva novela hispanoamericana. El autor mexicano simplificó la historia de la novela hispanoamericana en cinco autores americanos (Borges, Vargas Llosa, Carpentier, García Márquez y Cortázar) y un español (Juan Goytisolo), para establecer un canon muy particular. En este libro se puede ver que la nueva novela del siglo anterior tenía sus extintas raíces en la discusión eterna del Facundo (1845): civilización o barbarie. Este dilema trasciende desde su tiempo hacia el siglo XX, tanto en el contexto geográfico como en el contexto intelectual. La nueva novela hispanoamericana, publicado por Joaquín Mortiz con el propósito de descifrar la lectura sobre otros autores, está basado en una amistad entrañable entre algunos de ellos; quizás la lectura pueda ser una historia por encima de la obra, un trabajo dispuesto para el crítico mezquino que busca oscuras tramas y errores en la vida y la obra de sus coetáneos.

Vuelvo al texto. Entre Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes existió una complicidad que se describe con claridad en un viaje hecho en tren —episodio relatado por el autor colombiano en el año de 1968 (cfr. Elmundo.es, 25/09/2008)-. Dicho evento consolidó la amistad que tenían estos tres escritores del Boom. Sin embargo, el comentario resulta poco importante para este texto, ya que dicha anécdota ha sido multicitada por medios culturales con antelación.

Si bien es cierto que un prolijo canon fue escrito en torno a la obra Cien años de soledad (1967) por críticos y periodistas; también es cierto que la obra resulta inagotable en sus aristas. Por ello, aunque la bibliografía acerca del autor y su obra aterroriza a cualquiera, en este caso haré alusión sólo a los textos que rodean a la obra, como es el caso del texto La nueva novela hispanoamericana de Fuentes1.

Mi búsqueda acerca del libro se encontró con tres libros que refieren a la obra del autor de Cien años de soledad: El olor de la guayaba, Colombia, 1982, Son así, Colombia, 1982, e Historia de un deicidio, 1971. Los dos primeros salen a la luz posteriormente a la entrega del Nobel en el mismo año 1982. Son así fue editado por Seix Barral después de ser presentado como tesis doctoral en la complutense de Madrid. En todos ellos existe un motivo distinto de edición, pero las ideas que comulgan se quedan interrelacionadas en una sola: Cien años de soledad es la historia de un lugar, no de sus habitantes. Por supuesto, el argumento central, diseñado por el autor, tiene una íntima relación con Aracataca (pueblo natal del autor) y con otros lugares imaginarios como Yoknapatawpha de Faulkner, quizá, con mayor similitud a La mancha de Cervantes.

Como ya lo dije, Macondo es una idea y como una idea posee autonomía en cada uno de los cuentos y novelas de Gabriel García Márquez. Aunque por inicio de cuentas escriba algunas generalidades, avanzaré hasta el argumento que me interesa: Macondo visto por Macondo, para ser más claro, un pueblo rebelde por ser un Macondo escrito por un autor socialista.

Comenzaré por describirlo. El mencionado pueblo de Márquez tiene un diseño espacial que se vislumbra desde los cuentos anteriores (Los funerales de la Mamá Grande, 1962) y llevado a su mejor expresión en sus novelas ( La hojarasca, 1955; El coronel no tiene quién el escriba,1961; y La mala hora, 1962). Dichas obras dieron fama a una población ficticia, a un sitio literario parecido al de Cervantes o Faulkner (dejé de lado a la otra gran población ficticia, Santa María de J. C. Onetti por pertenecer a otro sistema de ideas literarias y filosóficas). Es cierto, en cada libro se procura incluir una serie de ideas que podrían considerarse contrarias e irreconciliables, pero la facultad que presume la literatura permite la síntesis de cualquier conjunto de ellas por paradójicas que nos parezcan. Es por esta cualidad que los liberales, los comunistas, los anarquistas, los socialistas, los rebeldes y los nihilistas aman la literatura, porque toda idea, por más radical que parezca tiende a ser incluida dentro del preludio de un poema, la anécdota de un cuento, el parágrafo de un ensayo o hasta en la reflexión dentro de una novela. La rebelión es proporcional a la literatura como los es la autonomía a la libertad; aunque todos estos conceptos rayen en lo filosófico, la libertad también surge como una metáfora del hombre. Gabriel García Márquez describe en Cien años de soledad un ejemplo de rebelión en la figura del abuelo; así lo confiesa a Plinio Apuleyo en su entrevista: “…pues acuérdate que aunque mi padre es conservador mi abuelo, el Coronel, era liberal, y liberal de los que habían luchado a tiros contra los gobiernos conservadores” (El olor de la guayaba, p. 101) y complementa con una explicación acerca de sus años de formación: “ Estaba lleno de profesores que habían sido formados en la Escuela Normal por un marxista durante el gobierno del presidente Alfonso López, el viejo, que era de izquierda (…)” Más adelante continúa: “(…) el profesor de álgebra nos enseñaba en el recreo materialismo histórico, el de Química nos prestaba libros de Lenin y el de Historia nos hablaba de la lucha de clases” (p. 101). Todos estos argumentos se invalidarían si no es porque pueden contrastarse con algunos otros meditados por Carlos fuentes en La nueva novela hispanoamericana: “A través de este desdoblamiento, Cien años de soledad se convierte en El Quijote de la literatura latinoamericana (…) La creación de un lenguaje novelesco como prueba del ser ” (La nueva novela hispanoamericana, p. 65). Estos argumentos son la prueba de lo dicho con antelación, sin embargo, sólo quedan como un apotegma sin explicación. A pesar de ello, me aventuraré a dar una explicación concerniente al tema. Lo escrito por Carlos Fuentes explica El Quijote representa el libro de la rebelión, así como Cien años de soledad: en ambos libros los personajes son los más humildes de la estructura social, son seres sencillos, mujeres y hombres rurales: hijos de campesinos, nietos de generales rebeldes; costureras que esperan con una paciencia que envidiaría Penélope, gente que vive entre la pobreza; mujeres que lavan la ropa del pueblo en el río; los mercaderes gitanos que traen los descubrimientos de occidente, una mezcla de magia y ciencia; o los orfebres delirantes, representados por el abuelo demente que se dedica a fabricar pescados de oro. Nada resulta gratuito, y el mismo Márquez lo explicará en sus propias palabras: “Quiero que el mundo sea socialista, y creo que tarde o temprano lo será. Pero tengo muchas reservas sobre lo que entre nosotros se dio en llamar literatura comprometida, o más exactamente la novela social, que es el punto culminante de esta literatura, porque me parece una visión limitada del mundo (…)” (El olor de la guayaba, p.61). No resulta extraño que Márquez, a pesar de su vocación socialista, hizo suya la siguiente confesión que lo colocó en un punto muy alto de la literatura: “en realidad, el deber de un escritor —el deber revolucionario, si se quiere— es de escribir bien.” (El olor de la guayaba, p. 61). Sabemos que la literatura de suyo debe contener la rebelión de lo humano, la visión literaria de Márquez se impuso a su filiación política. Fuentes lo describe con claridad en La nueva novela hispanoamericana: “La mitad negra de nuestra historia latinoamericana emergía de las viejas novelas de Gallegos, Rivera e Icaza como la encarnación de un mal aislado, impenetrable, tremendista, finalmente irrisorio por ajeno y por definido (…) Además, convierte el mal en humor porque, deseado, no es una abstracción ajena a nuestras vidas (…)” (p.66).

Es claro, ningún compromiso político es mayor al compromiso literario. Macondo se ve a sí mismo como un pueblo orgánico que reivindica la rebelión, en horas de libertad, liderado por generales rebeldes al mando de hombres armados con cuchillos de cocina. Lo ridículo se convierte en sublime en la literatura y esos hombres que fracasan en 32 revoluciones distintas representan al hombre moderno que taza sus ideales fuera del valor monetario y utilizan la resistencia como su bandera de supervivencia.

Qué podemos esperar si —en palabras de Carlos Fuentes— “la crónica de Macondo ya estaba escrita en los papeles de un taumaturgo gitano”; aún así, nos espera un auspicioso futuro en la descripción de un pueblo inventado que llamamos América Latina como si fuera nuestro Macondo.

Bibliografía

García Márquez, Gabriel. Cien años de soledad, Diana, México, 2000.

Fuentes, Carlos. La nueva novela hispanoamericana; Joaquín Mortiz, México, 1969.

Mendoza, Plinio Apuleyo. El olor de la guayaba; Diana, Colombia, 1982,

García Márquez, Eligio. Son así (Reportaje a nueve escritores latinoamericanos); Oveja Negra, Colombia, 1982.

Vargas Llosa, Mario. Historia de un deicidio, Seix Barral, Perú, 1971.

Cibergrafía

http://www.elmundo.es/elmundo/2008/09/25/cultura/1222336016.html (25/09/2008)

1 Carlos Fuentes. La nueva novela hispanoamericana, México, Joaquín Mortiz, 1969.

 

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