julio juglaritorio

(señal pecaminosa sobre Decálogo de la envidia, de Leticia Herrera Álvarez)

Nos dice el Diccionario de ideas afines, de Fernando Corripio, en su entrada para el término juglar, que es sinónimo de aedo, bardo, rapsoda, trovador y vate: se trata de la persona que, durante la Edad Media “iba de pueblo en pueblo divirtiendo a la gente con sus canciones, bailes o juegos; un artista itinerante que recitaba y cantaba” haciendo gala de su calidad interpretativa; lo que ahora se conoce como “performance”.

Hoy, en este edificio centenario que alberga al Museo del Estado estamos, precisamente, frente a una performista michoacana quien a lo largo de su trayectoria ha incursionado en las mas diversas disciplinas artísticas: poesía, cuento, drama, novela, guion, ensayo, fotografía, dibujo, pintura, video, escenografía, vesturario; canto, baile and you name-it.

Esta dedicación al arte ha rendido una gran variedad de frutos: cientos de horas danzanzando con los concheros de la tradición meshica, espectáculos multimedia en la antigua Academia de san Carlos, periodismo, conferencias, talleres, 28 títulos publicados, reconocimientos nacionales e internacionales en paises como Austria, Canadá, Estados Unidos, Italia, Marruecos y Polonia; y la traducción de su obra al alemán, árabe, frances, inglés, italiano, portugués, rumano, polaco y ruso. Sin exagerar, podemos afirmar que se trata de una creadora cuya labor estética ha llegado a manos de miles y miles de espectadores y lectores, como es el caso de este reciente cuentario: Decálogo de la envidia.

Ya el maestro italiano Angelo Manitta nos señala, con respecto del título de esta obra, la definición de “envidia”, que puede resumirse como el “disgusto o pesar del bien ajeno”. Se trata de un sentimiento o estado mental en el cual existe dolor o desdicha por no poseer, uno mismo, lo que tiene el otro; para la RAE la envidia es una tristeza o pesar por lo ajeno, es el deseo de algo que no se posee.

Entre los católicos, la envidia es considerada como uno de los pecados capitales; no tanto por la magnitud del pecado en sí, sino porque da origen a muchos otros pecados. Para el divino Dante, la envidia era el “amor de los propios bienes pervertido por el deseo de privar a otros de los suyos”; y su castigo infernal era el de cerrar los ojos a los envidiosos cosiéndolos con alambres de hierro, para que así no vieran a otros disfrutar de sus bienes.

Psicológicamente, la envidia se define como el sentimiento que experimenta aquel que desea intensamente lo poseído por otra persona; y su consecuencia es que daña terriblemente la capacidad de gozar y apreciar lo que uno mismo sí posee. La envidia es distinta de los celos, pero sin embargo, los comprende; los celos viven entre tres personas, pero la envidia va de dos en dos: el celoso odia lo que la pareja posee, pero el envidioso cultiva un sentimiento de enojo e ira contra aquello que una persona posee o goza; odia que ella-o-él tengan lo deseado y convive a diario con un horrible e irreflrenable impulso de querer quitárselo o dañarlo.

En efecto, etimológicamente la envidia significa: “quien no ve con buen ojo”; de ahí que, en países como México, se conozca que esta acción puede afectar con su mala vibra o tóxicamente la persona envidiada: esto sería el mal de ojo; un mal que afecta, sobre todo, a los pequeños niños indefensos que nacen y resultan ser la envidia de quien anhela tenerlos como propios o poseerlos

Sin embargo, en el cuentario que hoy nos ocupa, Decálogo de la envidia, la pequeña niña que funge como personaje principal no tiene, propiamente, mala fe en su envidia, ni mucho menos. Se trata, este texto, de una obra autofictiva delicadamente construida y donde el alter ego de la autora crece en una familia emblemática donde, poco a poco, va descubriendo con sus ojos de pequeña hermanita las visicitudes del mundo que la contiene.

Y descubre que tiene hermanas mayores así como descubre de pronto la existencia del cielo nocturno estrellado (cuando, sin querer, se le cae su hula-hula de la cintura y al intentar recogerlo alza la vista y queda anonadada por el espectáculo del brillo estelar que no conocía –imagino que, seguramente, por vivir en la contaminada ciudad de México).

Esta niña, ya adulta y en primera persona, va narrando el discurrir y su descubrir de un mundo a todas luces nuevo y donde ella, sin embargo, no es siempre el personaje principal: a veces lo es alguna de sus hermanas o el novio de una de ellas; a veces su madre o algún otro familiar, su padrino, su tío o la tía que llega de los Estados Unidos con esmalte para las uñas y un precioso camisón o alguno de tanto caracteres que desfilan por esta obra.

Quisiera ahora comentar, punto y aparte, que el cuentario a mí me parece más una novelette que una serie de cuentos, pues existe una continuidad narrativa y funcional entre ellos; no se trata de cuentos dispersos que ocurren en distintos lugares, durante diferentes tiempos y en variados espacios, sino que se trata de un viaje de intrtospección al interior del alma y el corazón de una pequeña niña mexicana quien nos transmite, con gran efectividad, los pormenores de un mundo posible que se refracta a través de sus ojos.

Estamos frente a un cuentario que es como un mural, pues sus pasajes y presonajes se hallan orgánicamente unidos y forman una especie de caleidoscopio que nos permite mirar este contructo narrativo desde varios puntos de vista y con distintas ópticas. De hecho, el sufrimiento, el dolor y el aprendizaje, van unidos con una sola marca pues, como menciona Charles Odier en su estudio El hombre esclavo de su inferioridad.

 

El “síndrome de abandono y el síndrome de inferioridad constituyen dos entidades clínicas emparentadas”. La angustia que queda como fondo mental engendra un sufrimiento de impotencia que se entrega como la “pérdida del sentimiento de valer”.

 

Por otro lado, el complejo de inferioridad, como la percepción de desarraigo que un individuo obtiene a causa de haber padecido una infancia difícil, llena de sufrimiento o rechazos, sumado a cuanto ahora conocemos como hostigamiento, acoso escolar o bullying, engendra un sentimiento de angustia que, en palabras de Ramón Xirau “es indiferenciada, pues cuando nos angustiamos nos angustiamos ante nada, ante la nada misma”. Y es que la envidia es como la angustia, pero no como la ansiedad patológica, que es una forma del miedo. En realidad la envidia es una “experiencia privilegiada” y, como la angustia, nos revela que nada tiene sentido si no forma parte de un aprendizaje.

En ese sentido, comparto el pensamiento de Emilio Uranga sobre la inferioridad de la envidia y el lastre que su angustia provoca: se trata de un “angustiamiento vital” que es, en su origen, un fenómeno precisamente de vida y de trascendencia formadora: su función original es difícil de determinar, dado que resulta, a largo plazo, de naturaleza constructiva. Así lo señala Paul Diel:

 

Vivir es sentir. Sentir es oscilar entre un estado de insatisfacción y un estado de satisfacción. Estos estados opuestos se manifiestan en el nivel humano en forma de sentimientos claramente diferenciados: angustia y alegría.

 

La obra de Leticia Herrera es vital, porque nos presenta la vida desde una tierna etapa y con una enorme economía narrativa de medios, con una escritura pulida que aparente gran sencillez, aunque mora dentro de una compleja escructura. Y, para muestra, baste un botón: las cinco líneas que componen el texto de la cuarta de forros de la edición que hoy aquí presentamos:

 

Los primeros recuerdos se enlazan con los primeros sentimientos ya dulces o acres y marcan relaciones perennes con el mundo exteriorpara trazar la ruta de nuestra vida. Son, quizá, los más trascendentes y entrañables, por la inocencia que nos hacía auténticos; idénticos a nosotros mismos; aún por descubrirlo todo y descubrirnos.

 

Termino aquí esta presentación en vivo, y con música y jolgorio, para puntualizar nuesto agradecimiento, como michoacanos, hacia con una coterránea que ha llevado la presencia del estado de Michoacán de Ocampo literalmente por caminos de todo el mundo. ¿Por qué? Pues porque Leticia Álvarez Herrera lleva a Michoacán en su corazón.

 

Raúl Casamadrid

Museo del Estado de Michoacán de Ocampo

Morelia, Michoiacán a 22 de julio de 2022


Diel, Paul, 1986. El miedo y la angustia. México: FCE.

Odier, Charles, 1980. El hombre esclavo de su inferioridad. México: FCE.

Uranga, Emilio, 1949. “Dos teorías de la muerte: Sartre y Heidegger”. Filosofía y Letras, núm. 33, enero-marzo.

Xirau, Ramón, 1995. Introducción a la historia de la filosofía. México: Universidad Nacional Autónoma de México.

 

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