Una película (im)posible: Cien años de soledad

Luis Alfonso Martínez Montaño

 

El curso que toma la vida profesional de Gabriel García Márquez en los años sesenta es curioso per se. Primero ejerce el periodismo; después colabora con el mundo cinematográfico, y finalmente se avoca a la creación de Cien Años de Soledad (1967), su novela más celebre; obra traducida a diversos idiomas y cuyo reconocimiento se corona, en cierto sentido, con el Premio Nobel de Literatura en 1982.

En este breve escrito, me interesa centrarme en la relación del escritor con el cine; una de sus grandes pasiones. Al respecto, vale la pena comentar que el autor sudamericano después de abandonar el periodismo, se traslada a México a principio de los sesenta. Precisamente, durante un periodo breve, que va de 1963 a 1966, el escritor realiza textos destacados para el ámbito del séptimo arte.

Al respecto, tres filmes lo ponen en la palestra como un guionista notable en nuestro país, me refiero a El gallo de oro (1964); En este pueblo no hay ladrones (1965) y Tiempo de Morir (1966). Obras dirigidas respectivamente por Roberto Gavaldón, Alberto Isaac y Arturo Ripstein.

A propósito de la primera obra, García Márquez, junto con Carlos Fuentes y el propio Gavaldón, elabora el guion cinematográfico basándose en un cuento de Juan Rulfo. La adaptación es magnífica, tan es así que la obra es considerada una de las 100 mejores películas mexicanas del siglo XX.

No puede omitirse el hecho de que García Márquez empieza a colaborar en el cine nacional justo en un momento de transición, a saber, la época de oro está en pleno ocaso, a la par que existe una gran efervescencia del cine independiente, el cual apuesta por renovar la industria cinematográfica local por medio de propuestas artísticas que tienen influencias de Europa y que no temen mostrar su carácter transgresor y experimental.

Justo en esa oleada de cine independiente se inserta En este pueblo no hay ladrones. Obra digna de recordarse, pues en la película sale un cuarteto de creadores por demás conocido: Luis Buñuel, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez y Carlos Monsiváis.

Una significativa cantidad de cinéfilos estiman que el mejor guion hecho por el escritor colombiano fue el de En este pueblo…, una adaptación de un cuento propio cuya trama consiste en develar la peripecia y la desventura de un pueblito al notar la desaparición (misteriosa) de las bolas de billar del único lugar de recreación de la localidad; se nota que en García Márquez existe una fascinación por romper con la normalidad de lugares pequeños.

Por otra parte, en relación con Tiempo de morir, primer filme de Risptein, cabe destacar que la obra tuvo una buena recepción entre el público y la crítica. Además, el filme es una especie de western con tintes existencialistas. De hecho, los críticos consideraron que los diálogos de la obra tenían una fuerte carga literaria; aspecto que la recubre de cierta impronta intelectual.

Tras esta primera travesía en el cine. El paso siguiente consistía en adentrarse a la dirección de una película. Sin embargo, García Márquez decide no aventurarse en una tarea a la que estimaba compleja. Podría afirmarse que el escritor colombiano sufre una especie de desencanto del mundo del séptimo arte. Posteriormente, se dedica “en cuerpo y alma” a la obra literaria que le da una enorme notoriedad.

A propósito de ésta, el mismo Gabo declaró que escribió la novela contra el cine, pues deseaba liberarse de las limitantes propias del mundo del mundo fílmico y de la escritura de guiones. Pero, resulta de interés un hecho: con Cien años…, el autor sudamericano no logra desvincularse de lo fílmico en su totalidad. A saber, un cineasta tan destacado como Pier Paolo Pasolini observa, con enorme agudeza, un sentido cinematográfico en la obra literaria del novelista colombiano.

Para corroborar lo anterior, vale la pena citar una declaración de Pasolini, hecha para la nota titulada “Un escritor indigno, revela atributos cinematográficos” (publicada en la revista Tempo de julio de 1973): “Se trata de la novela de un guionista o de un costumbrista, escrita con gran vitalidad y derroche de tradicional manierismo barroco latinoamericano, casi para el uso de una gran empresa cinematográfica norteamericana (si es que todavía existen). Los personajes son todos mecanismos inventados —a veces con espléndida maestría— por un guionista: tienen todos los ‘tics’ demagógicos destinados al éxito espectacular”.

Sirvan de pretexto las significativas palabras anteriores para considerar que la novela de García Márquez no es del todo inadaptable. No obstante, el propio escritor se encarga de resistir, durante los años posteriores al éxito de su obra, el asedio de innumerables directores ávidos de obtener los derechos de la novela para trasladarla al ámbito cinematográfico.

En este orden de ideas, son conocidas las palabras de Gabo para poner alto a los intentos del cineasta Giuseppe Tornatore, director de Cinema Paradiso, para adaptar el texto: “Debíamos grabar el libro completo, pero solo lanzar un capítulo —de dos minutos— cada año, durante 100 años”. Más aún, llega a considerar que la producción de la película sería muy costosa y a suponer que actuarían Robert de Niro, como Aureliano, y Sofía Loren, en el rol de Úrsula, algo que convertiría al filme en algo muy distinto de lo que se esperaba.

En realidad, lo que temía García Márquez al permitir la adaptación de su obra más famosa, consistía en que se los valores literarios de su texto se alterarían y se tornarían en meras imágenes sin poesía alguna y que la pantalla grande daría al traste con el imaginario personal del lector.

Sin embargo, algo que no deja de llamar la atención es la existencia de un largometraje japonés inspirado en los Cien años…, me refiero a Despedida del arca (1984), de Saraba Hakobune, obra en la que Macondo es una aldea del Japón rural. Lugar donde dos primos desean vivir juntos, pero sus familiares se oponen a la relación. Los pobladores del lugar creen que, si la pareja procrea hijos, éstos tendrán malformaciones físicas. Ante esta situación, los primos huyen, pero al retornar a la aldea deben pagar las consecuencias de sus acciones. A decir de la crítica, el director japonés concreta una buena adaptación al tomar ciertos elementos diseminados en la obra de García Márquez y presentarlos bajo el tamiz de la cultura japonesa.

En este punto, me atrevo a preguntar: ¿Cien años de soledad puede adaptarse al cine? Me parece que sí, pero de la forma en que lo hizo el Hakobune. Además, me arriesgo a comentar que una buena adaptación de la novela hubiera requerido la colaboración de diferentes directores. Por ejemplo, considero que las retrospecciones del relato recaerían en un escultor del tiempo fílmico como Tarkovski; los pasajes oníricos tendrían una buena concreción bajo la mano de Kurosawa; y los episodios de la amarga realidad deberían estar bajo la tutela de Vittorio de Sica. Suposiciones que serían rebatidas por otros apasionados (y mejores) cinéfilos.

Y no cabe duda que los lectores ya recrearon a su manera la novela de Gabo. En particular, dos escenas significativas tienen múltiples versiones en el imaginario colectivo: el ascenso al cielo de Remedios (la bella), y la irrupción de las mariposas amarillas (que anteceden las apariciones de Mauricio Babilonia). A fin de cuentas, dicho imaginario permite que los Cien Años de Soledad sea una película posible.

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