El rey criollo: la escritura rebelde y audaz de un rockero de corazón

Luis Alfonso Martínez Montaño

 

Parménides García Saldaña (1944-1982) fue una figura emblemática de la “literatura de la Onda” y uno de los primeros críticos de rock en México durante la década de los sesenta, época en la que quizá se gestaron los mejores discos en la historia del género. Sin duda, al evocar la figura del escritor veracruzano uno no puede dejar de relacionarla con una canción de El Tri, llamada “Vicioso”, cuya letra declara: “No puedo dejar el vicio / soy adicto al rock and roll”, palabras que me hablan del placer intenso que experimentaba el propio García Saldaña por ese tipo de música.

De hecho, ese sentimiento se equipara a su pasión por la escritura y que se corrobora en la siguiente afirmación hecha por el propio Saldaña: “Escribo todos los días de lo contrario ya hubiera muerto”. Naturalmente, el siguió el peculiar mandato al pie de la letra, pero una pulmonía no sabe de rock, ni de literatura y menos de escritores rebeldes, un tanto a lo beatnik, por ello la enfermedad se lo llevó a visitar el hoyo fonqui de la huesuda a principios de los ochenta; época aciaga en la que un infame presidente quiso defender al peso como un perro.

Pese a la tragedia, deja un legado digno de revisitarse, me refiero a la obra El rey criollo (1970), texto que no propone una experimentación formal[1] y que está constituido por una oncena de cuentos protagonizados por personajes jóvenes y que incluyen una dedicatoria y un epígrafe; en sí una letra traducida de una canción de rock, aspecto del que se hablará más adelante. Asimismo, al lector le llamarán la atención dos aspectos: el uso eficaz del lenguaje coloquial, que incluye ciertas palabras o frases que aún hoy solemos escuchar en ciertas conversaciones, y el considerar una preocupación propia de los sesenta, es decir, la incapacidad de comunicación de los seres humanos. El propio José Agustín añade a la incomunicación, la consciencia de la deshumanización que originó el advertir lo vacío y lo insatisfactorio de la existencia.

Ese no comunicarse se advierte en el relato “Bye bye love”, pues los protagonistas adolescentes hablan mucho, pero no se expresan nada significativo, y “Una actitud sincera”, donde sus jóvenes, de mayor edad, no son capaces de decirse algo. Preocupación que también fue tema de películas como La aventura, de 1960, o El eclipse, de 1962, del director italiano Michelangelo Antonioni.  

No está de más precisar que en la obra tiene un lugar destacado el cuento que da título a la misma, texto que es un verdadero paroxismo propio de las juventudes roqueras en otras palabras un verdadero “desmadre” juvenil. Semejante al que halla el lector en “Mucha ropa”, relato de José Agustín ambientado en el interior del teatro Esperanza Iris; el protagonista puberto se va a mirar un espectáculo de burlesque.

Y el narrador de “El rey criollo” nos contará del relajo ocurrido dentro del cine de Las Américas, a propósito de su visita, en compañía de sus cuates, para ver el filme King Creole protagonizado por el ídolo Elvis Presley que representaba lo nuevo y lo moderno, cifrado en ese pegadizo e incontenible género musical denominado rock, en oposición a lo tradicional y lo viejo.

Dicho relajo, ocasionado por pandilleros que asisten también al lugar, se ubica temporalmente a fines de los cincuenta. El narrador señala: “Y yo por acá y por allá, allende y acullá, saludando a cuates de la prepa: al Malhecho, al Chiras […] al Solícito, en fin a todos los seguidores de Elvis y el rock […] Y entran unas viejas con chamarras de cuero con suásticas pintadas, pony tails n’ Bobby socks, muy rocanleras con libros y cuadernos”.

Es cierto que llama la atención esa manera de vestir de esos personajes y que señala el narrador, quien se encarga de hacer un registro preciso del lenguaje característico de la época que se caracteriza por ser crudo, a veces vulgar, y muy desenfadado:

 

Estuvo vaciado vaciado vaciado…, echamos un relajo bien padre, por lo menos yo me divertí un resto. Pero ya antes, cuando en el cine Roble estrenaron Prisionero del Rocanrol, fue también un desmadre de poca, me cae, y también me divertí un chorro. En el lobby del cine se agarraron a madrazos Los Gatunos contra los de la Narvarte, y no es por adornarme ni nada de eso, la calidad de la melcocha se impuso, los de la Narvarte […] les dieron en toda su puta madre a los putos Gatunos. Eso fue hace dos años. El pleito fue lo máximo […]    

 

Por otro lado, me interesa centrarme en la “joya de la corona” de ese rey criollo, a saber el relato “¡No te adornes, no te adornes!”, ya que el cuento ejemplifica bastante bien ese carácter irreverente y rebelde de García Saldaña como escritor. En primer lugar, digo irreverente porque el autor hace mofa de las producciones literarias que se centraban en la conciencia de su propia elaboración, tales como Farabeuf (1965), Morirás lejos (1967) y Los peces (1968). Burla que se hace por medio de la intervención de la voz autoral hecha a propósito de los personajes del cuento mencionado:

Fernando recuerda una anécdota de Rodolfo (el motivo debe ser revelado y aclarado por el psicoanalista de este personaje, pues el autor no se lo explica; lo único que hace es simplemente transcribir en palabras lo que el personaje está pensando en el momento en que se ocupa de él; o sea cuando el autor del cuento corto o novela larga se introduce en el cerebro del personaje. (Gracias).

Para llegar a la anécdota, Fernando tiene la siguiente stream-of-conciousness: el pinche Rodolfo era una ladilla. Desde chavo un piojo pubis, un mevalemadrestodo. Siempre podiendo [sic] a todo mundo, a las viejas en las fiestas […]

 

Dicha mofa cobra un sentido más relevante porque el propio Saldaña sí se asumió como un escritor de La Onda –algo que no hicieron otros autores de su generación, por ejemplo, Gustavo Sainz o el mismo José Agustín– y alude a dos formas específicas de creación literaria en nuestra república de las letras a fines de la década de los sesentas. Corrientes de las que habló la crítica Margo Glantz en su momento y a las que adjudicó la etiqueta “onda” y “escritura” respectivamente.[2]

En segundo lugar, la audacia de García Saldaña estriba en el hecho de “ponerse en sintonía”, tanto en cuestiones de forma como de contenido, con la narrativa que cobrará relevancia en Latinoamérica durante los setentas y los años posteriores, es decir, la elaboración de obras literarias cuyo pretexto estriba en la música para las masas; tal como ocurre con Tres tristes tigres (1967), del cubano Guillermo Cabrera Infante. Obra que registra de manera eficiente la oralidad y la cultura popular.

Aun Saldaña no se deslinda de la etiqueta mencionada, elaborada en función de forjar una historia de la literatura, sino que la exhibía sin prejuicios. Tan es así que declaró en cierta ocasión: “La onda son los excesos, la onda es hacer lo que uno quiera, la onda soy yo”.[3] Más allá de estimar que las palabras anteriores podrían exhibir una actitud egocéntrica, me parece que revelan ese comportamiento rebelde del autor veracruzano.

Ese que rechazaba los valores, modos de vida y cultura preponderantes, es decir, su adhesión a lo contracultural, aspecto del que José Agustín precisa: “Parménides era perfectamente consciente de su valor y de su naturaleza contracultural. Esto le da una mística a su libro. No sólo se trata nada más de mostrar las etapas de la educación sentimental sino de manifestar un espíritu, el del rebelde empecinado en ser él mismo en una libertad encarcelada”.

La ansía de exteriorizar dicha rebeldía no podía ser mejor que con la música de rock, la cual incide de manera significativa en su propuesta narrativa. Tipo de música que marca el deslinde con la generación que lo precede y que recibía su educación sentimental gracias a los boleros y a las rancheras.

La impronta del rock queda de manifiesto al inicio de cada uno de los relatos de la propuesta, pues la letra de una canción, del grupo inglés The Rolling Stones, sirve de epígrafe y provee el tono. Sin embargo, en el cuento mencionado antes, “No te adornes […]”, el escritor va más allá de eso, ya que inserta en la narración letras de canciones pertenecientes a otros ritmos musicales. Asimismo, vale la pena mencionar que en ese cuento, y otros del volumen, el lector comprueba que Saldaña presenta un lenguaje literario que abreva del habla coloquial y que tuvo un tratamiento artístico notable.[4]  

En este sentido, la inclusión de letras ajenas al rock, de lo oral a través de los diálogos y las intervenciones autorales (con base en la parodia) tendrán también un “uso afortunado” en otros textos de la literatura de estos lares. Incluso con la propuesta de Saldaña se reafirma, de cierta forma, que en los géneros (ritmos), las canciones y los intérpretes de música popular se halla una buena materia prima para la creación de relatos.

 

[1] Su contraparte sería el volumen de cuentos Inventando que sueño (1968), de José Agustín, pues formalmente el texto  se divide en cuatro actos y dos intermedios como si se tratase de una obra teatral. Aparte de incluir su célebre texto “Cuál es la onda”, llama la atención “Amor del bueno” porque en la narración se incluyen indicaciones propias de un guion de la filmación de un evento importante y “La casa sin fronteras (lluvia)”, pues este es un relato de corte policíaco cuyo protagonista no es un adolescente.

[2] El texto de Glantz que aborda ambas corrientes se denomina “Onda y escritura: jóvenes de 20 a 33”. Disponible en http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/onda-y-escritura-jovenes-de-20-a-33–0/html/c6a83f9b-dd2a-4036-9f90-127d008e44f4_5.html

[3] En http://www.elem.mx/obra/datos/2385

[4] José Agustín apunta de buena forma que para reconocer ese aspecto del lenguaje es necesario leer la obra de Saldaña sin prejuicios.

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