MUCHO OJO
¡QUE NO LO DEFRAUDEN!

Por el Lic. FRANCISCO MONTAÑO MORA

POCOS DELITOS tienen tanta cooperación de la víctima, en lo general la búsqueda de ganancia omnubila el pensamiento, porque la codicia en el corazón humano es el más constante de los sentimientos.

En la mecánica del fraude la víctima tiene una participación estelar, porque voluntariamente entrega sus bienes y suele suplicar que se los reciban.

La literatura nos da una clara definición de la víctima del fraude (Quevedo): “Nunca se contenta con poco quien desea mucho y comúnmente se queda sin nada quien lo quiere todo”.

Es por ello que el defraudador promete grandes ganancias, y permite a la víctima obtener algunos beneficios para desencadenar con ello la ambición, así ocurrió en la conocida casa de inversión, en la que connotados profesionistas y hombres de negocios del Estado, vieron frustrada su ansia de riqueza ficticia, y miles de pobres gentes continúan siendo víctimas de vívales, que sabedores de la desesperación les explotan para sus particulares fines.

En el fraude la víctima actúa voluntariamente, aunque con una voluntad viciada por el engaño, ya que el sujeto pasivo ignora que no recibirá lo que espera.

Casos típicos de fraudes colectivos son los derivados de las denominadas “pirámides”, “aviones”, “cartas cadena”, “inversiones de altos intereses”, etc., en que la víctima es convencida de que enviado su dinero a la primera persona de una lista, a vuelta de correos miles de personas le enviarán dinero a ella, haciéndose inmensamente rico de la noche a la mañana, como en los cuentos de hadas.

Es clásico el fraude de Víctor Lusting a banqueros, empresarios y financieros, quien culminó su obra de arte, vendiendo la Torre Eiffel, ¡dos veces y en pública subasta!

No todas las víctimas de fraude lo son por codicia, algunos lo son por compasión, piedad, religiosidad, patriotismo, deseo de ayuda, etc., porque sus colaboraciones nunca llegan a su destino, van directos a los bolsillos de los organizadores vívales.

Se dan las víctimas por vanidad, los que compran títulos nobiliarios o académicos falsos, en su deseo de ser reconocidos.

Los hay que entregan su patrimonio a su futuro cónyuge, perdiendo bienes y amores; mujeres y hombres maduros son víctimas fáciles; además, por vergüenza no denuncian, lo que hace que el delito quede impune.

Particularmente en la conducta delictiva del fraude no hay violencia, porque el defraudador utiliza el engaño, el artificio, asalta con el argumento.

César Lombroso describe al defraudador diciendo: “tiene un aspecto y un carácter agradable que le es necesario para conquistar la simpatía y la confianza indispensables para una más fácil realización de su delito”.

El defraudador es de comportamiento seguro, expone sus invenciones con naturalidad y facilidad, llegando a convencer a personas inteligentes, debido a que utiliza la autosugestión, previamente se convence a sí mismo, por ello la víctima le resulta de fácil convencimiento.

Tiende a colocarse en una posición elevada, como hombre de negocios próspero, un profesionista exitoso o una persona conectada con los círculos políticos.

Prepara cuidadosamente sus dispositivos engañosos, vestimenta, medios de transporte, relaciones sociales y políticas; también utiliza tarjetas de presentación, credenciales, falsos telegramas, cartas comerciales y de recomendación; posee una imaginación floreciente, habla mucho y hace poco o nada; tiene un sentido exagerado de su propia persona. Esta imagen de solvencia que exhibe tiene el efecto de desterrar sospechas hacia él.

Helen Deutch señala que el defraudador siempre busca una identidad para justificar su narcisista concepción de sí mismo, pero que a la vez niega su propia identidad. Necesita satisfacer fantasías de grandeza actuando y tratando de demostrar su concordancia y semejanza con el ideal del yo.

Por ello es que el defraudador asume identidades falsas, se enmascara para poder concretar su fantasía; es como un actor en escena debido a su yo desvalorizado, por eso usurpa personalidades ajenas, reales o imaginarias, imita personas que son su propio ideal.

El defraudador explota la credulidad humana a través de sus mecanismos de seducción y engaño.

Son delincuentes habituales, no se regeneran, salen de prisión y continúan delinquiendo, porque el engaño es su forma de vida. El defraudador no introyecta las normas sociales o éticas, le falta consideración y es insensible ante la situación de su víctima. Explota la situación afectiva de su víctima, ya que crea una situación de dependencia; existe una ligazón afectiva y racional entre ambos, lo que le permite al defraudador manejar a su víctima como títere, ya que sólo le basta mover una cuerda, para obtener el movimiento deseado.

En el fraude, la actitud indecorosa y deshonesta de la víctima, que piensa en obtener un provecho ilícito, garantiza un alto grado de impunidad para el defraudador. Muchos no se quejan ante las autoridades porque saben que no son completamente inocentes.

Por ello, la víctima perfecta de los grandes fraudes es el hombre que quiere enriquecerse, aunque sea ilícitamente.

Antiguamente los estafadores engañaban mediante la aparición de espíritus; surgían en épocas de epidemias, catástrofes, guerras, etc., prometiendo la salvación de los males del cuerpo y del alma.

En la conducta del fraude, el misterio, la intriga, los secretos, juegan un papel importante. En ocasiones el plan atrevido acompañado de la absoluta seguridad del defraudador, son suficientes para convencer a la víctima.

Por eso es recomendable: ¡mucho ojo y cuéntaselo a quien más confianza le tengas…

 

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*