Ida Vitale:
Homenaje a una pasión por la literatura

Por Leopoldo González

Ida Vitale (Montevideo, Uruguay-1923), quien acaba de recibir el Premio Cervantes de Literatura, escribe poesía desde los dictados de la sangre y al son del temblor del corazón. Quizás por eso su llama interior no deja de sorprendernos en cada nuevo poema o libro que publica.

Poeta de gran rigor y disciplina interior en cada una de sus aventuras con la palabra, Ida Vitale forma parte de varias generaciones literarias en Latinoamérica, pero su identificación fundamental se halla en la Generación del 45 y en la Generación “Vuelta” (la revista de Octavio Paz), donde desarrolló y publicó algunos de los libros más destacados de su obra poética.

Ida Vitale, desde que es ser humano y es poeta ve el exilio como una casa alterna, pues tuvo que huir de Uruguay a mediana edad, con todo y sus palabras, para que sus palabras dijeran a los cuatro vientos lo que pesa una dictadura en las botas del obrero, en la falda de una mujer, en la mirada del campesino, en la pluma del intelectual, en el exilio breve o largo que es ser despojado de una patria.

Cito, de memoria, dos versos de Ida Vitale que aún me recuerdan su exilio en México y en Texas:

 

“La mirada se acuesta como un perro

sin siquiera el recurso de mover una cola”.

 

Si es un acto de valor ser poeta, si emplear el lenguaje poético para atravesar la historia es un acto de coherencia espiritual, si asumir la poesía es como tener una primera vida porque la otra es -a pesar de sí misma- la segunda, todo esto hace de Ida Vitale una de las voces más atendibles y luminosas de nuestro tiempo.

Letra Franca le rinde homenaje a ella, Premio Reina Sofía y Premio Cervantes, por ser quien es y por habernos obsequiado lo que ha escrito en el siguiente texto:




Poemas en busca de iniciados

En un tiempo de lectores impacientes, la creación poética permanece como un misterio que se resiste a ser resuelto.

Por Ida Vitale
Premio Cervantes de Literatura 2018

La poesía, como la muerte, quizás, está rodeada de explicaciones. Éstas, diversas e insuficientes, se justifican, sin embargo, al constituirse en una prueba de la importancia constante de aquello que, siendo un suceder privado tiene, a través del tiempo —que de pronto imagino doblado de espacio— una presencia pública.

¿Qué puede ser más privado y aún secreto que el momento en que se da un verso, en que, con ese primer coágulo misterioso, comienza el raro fenómeno de un poema? Esto no siempre, claro, porque deben darse ciertas condiciones para que la iluminación no se disipe y una buena disposición momentánea la prolongue sin desmedro.

Creo que ninguna forma de explicar ese extraño proceso nos conforma del todo. Campos críticos opuestos coinciden en omitirla. Pero ahí está la etimología —lo único indiscutible—: por un lado el misterio es lo secreto, lo que se reserva para los mystes, los iniciados (que a veces son más de los que se piensa y por eso antes pensé en el espacio). Por otro lado, sugiere oficio, servicio, lo que nos lleva al ministerio. En ambos casos se refiere a una actividad si no secreta, al menos reservada para pocos. Pero su función ancilar puede en casos felices redundar en un servicio comunitario.

Como en la ocurrencia de Bernard Shaw, “un lenguaje común separa” a quienes desde distintas concepciones emplean el nombre de poesía para intentos distintos. Dice Maurice Blanchot: “Hoy el escritor creyendo bajar a los infiernos, se contenta con bajar a la calle”. En la calle lo aguarda la koiné con sus problemas, que suelen no tener relación con la exactitud del lenguaje que debe preocupar al poeta ni con la trascendencia de la poesía, ni con la ética, en el más hondo y amplio sentido de la palabra. Es cierto que estos problemas que deberían inquietar a todos los hombres parecen haberse ido adelgazando tanto como para ser atendidos cada vez por menos gente. Y quizás ese empobrecerse de su campo es lo que lleva a los conscientes a inquietarse por el sentido actual de la poesía.

Eso de inexplicable que tienen los aciertos poéticos, ese misterio que inquieta a quienes se han habituado a pedir simplificación y acorazada pasividad, suele ser tildado de hermetismo = poesía enrarecida, para pocos, casi para especialistas. De aquí se puede pasar a suponer que el poeta así estigmatizado codicia la incomunicación, acumula dificultades como bloques para un muro separador.

Aquello con lo que tropieza el lector impaciente, el misterio, objeto de fe en términos religiosos, debería ser, para el lector de poesía, objeto de fe poética y pensar que lo secreto y misterioso puede dejar de ser oculto; basta con que el entusiasmo y un cierto sentido poético se apliquen a descifrar y a entender. Una construcción no usual, no desgastada por el uso y un vocabulario más rico pueden ser las dificultades que esperan al lector poco seguro. No son imposibles de enfrentar. El placer del desciframiento entusiasta libera una misteriosa energía, que mueve no sólo páginas poéticas: también la buena prosa del mundo. Que se me permita recordar “el misterio blanco”, tras el que se movía Felisberto Hernández, con su mirada al sesgo sobre las cosas, para leer en ellas lo que estaba debajo, las relaciones no descifradas, ese misterio positivo, que libera energías, tienta a participar con lucidez y la razón no rechaza.

Es posible que ese inquietante y blanco dragón prefiera al campo de la prosa el de la poesía. Lo alusivo, las metáforas, los matices que abundan más en ésta dan más trabajo. Los gimnastas, ¡cuánto se toman con su cuerpo, para poder dominarlo a gusto! Dominar esa ambiciosa forma del lenguaje, también conlleva su premio.

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