Crisis venezolana

Por José Juan Marín

En el hermano país de Venezuela, desde hace casi un mes, se ha producido una crisis del modelo populista, que recuerda otros paréntesis de crispación y sobresalto, del mismo signo, vividos en la historia contemporánea por otras naciones latinoamericanas.

Desde la lejanía social o la torre de cristal en que alimentan sus megalomanías y forjan sus obsesiones, los autócratas se dedican al cultivo y reproducción de su propio poder, sin reparar en la importancia capital que tienen para el sistema democrático la libertad de pensamiento, el debate informado, el derecho a la crítica, la libre expresión y el respeto a la diversidad natural de que está hecha la sociedad.

A pesar del vasto desprestigio que ha acumulado el autoritarismo en la historia, desde el Imperio Romano hasta nuestros días, pareciera que en la aridez y oscuridad de ciertas épocas, sus motivaciones psicológicas y sociológicas tienden a aflorar y repetirse en la minoría de edad mental de algunos pueblos y determinados regímenes políticos.

Esto es lo que ahora ocurre en Venezuela, donde el gobierno de Hugo Chávez, primero, y después el de Nicolás Maduro, son la mejor prueba de los excesos a que se puede llegar en el ejercicio del poder, cuando no se sabe distinguir claramente la frontera ideológica que separa al populismo de la democracia, y se termina creyendo que ambos sistemas o formas de gobierno son una y la misma cosa.

Desde que la nación venezolana quedó bajo el mando del político más inepto, ignorante y autoritario que recuerde su historia, la crisis comenzó a profundizarse.

A escasos meses de haber llegado al poder, después de una elección cuestionada, Nicolás Maduro se topa ahora con una Venezuela en constante agitación y ante la falta de sensibilidad para reconocer que los problemas que vive su país son el producto de años de frivolidad y dispendio, de políticas públicas erráticas, de estatizaciones sin límite y de una visión del desarrollo que no corresponde a la lógica de la economía, ahora no encuentra otra excusa que culpar a otros: el “imperialismo yanqui” y los “vende patrias internos”. De ahí que justifique sin rubor la represión y la intimidación hacia el contrario, combatiendo disidencias con desaparición de personas e ideas con balas.

Pero cuando se trastocan las libertades y se pretende ahogar la conciencia crítica de los ciudadanos, la dignidad aflora. Por eso la inconformidad social empezó a emerger a lo largo y ancho del país sudamericano, haciendo tambalear al régimen.

Venezuela se encuentra ahora en un momento de definición importante. Nada le será fácil, pues los poderes se encuentran mermados, la planta productiva deshecha, los medios masivos de comunicación socavados y la libertad de expresión acotada, mientras la corrupción burocrática, la inflación, la devaluación de la moneda, el desabasto y la criminalidad han ido a la alza.

Al parecer, el juicio sereno y la mesura, que podrían proveer las fuentes de una solución interna a la crisis, no forman parte del lenguaje ni del gobierno ni de la oposición venezolana.

Por tanto, la solución a la crisis quizás podría, y debería venir, de una iniciativa internacional encabezada por países neutrales y con autoridad ideológica y moral, capaces de sentar a los dos bandos en busca de una solución inteligente, democrática e integral.

Si esto no ocurre pronto, la revuelta social y política que ahora sacude a Venezuela, podría contaminar a Centroamérica, configurando una crisis geopolítica regional que a nadie conviene.

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