Donald Trump y lo que viene

Por Leopoldo González

A Donald Trump, la sorpresiva victoria en la elección presidencial estadounidense, que en el fondo no esperaba, lo tomó mal parado. Así como tomó por sorpresa al mundo, que tampoco deseaba el triunfo de un perfil tan incómodo e impresentable como el del magnate norteamericano.

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La elección del pasado martes en EU fue atípica, básicamente por varias razones: no se creía que un candidato como el republicano, ignorante de la historia de su propio país y partidario de esa especie de facismo de primer mundo que es la supremacía blanca, podía triunfar sobre una candidata demócrata más madura, racional y mesurada como Hillary Clinton; no se pensaba que un populismo conservador –que generalmente apela al impulso y al sentimiento de la masa, no a su racionalidad- pudiera pasar encima de un proyecto político más articulado, juicioso y sereno como el del Partido Demócrata (PD); no se preveía que un discurso al que distinguió en campaña una gran pobreza conceptual, obtuviera más simpatías electorales que las de un discurso más informado, más nutrido y consistente; por último, no se consideraba que un candidato xenófobo y racista, que en sus discursos y actitudes alienta el desprecio profundo del otro, pudiera llegar a vencer a quien en la contienda representaba una idea más humana de integración y una propuesta política más realista de inclusión.

A propósito de la elección estadounidense del pasado martes, nunca tantos encuestadores, analistas, estudiosos del poder y expertos en teoría de escenarios nos habíamos equivocado tanto en tan corto tiempo. Una cosa es clara: las visiones y las apuestas más lógicas fueron vencidas en las urnas por una especie de fuerza estomacal, o por una suerte de lógica de la sinrazón, de la que todavía hoy no alcanzamos a vislumbrar ni a calibrar su verdadero alcance en el ejercicio del poder.

Estas, y algunas otras razones que habrán de irse afinando con el paso de los días, lo que indican es que, a juzgar por los resultados de la elección, tal vez asistimos a un primer ejercicio de distorsión de la racionalidad con origen local y efectos globales, o quizás somos un testigo más de la desintegración del poder en su forma tradicional y del surgimiento de estructuras y estilos de poder que en su aparente novedad llevan consigo el sello de reproducción del caos, de un mayor desorden, o de la profundización de una crisis económica y política de alcance global. Es decir, acaso algunas sociedades no estén ya buscando soluciones tradicionales a sus problemas y conflictos, sino recargar los filos de sus crisis para provocar reformulaciones mayores o un renacimiento cultural al mismo tiempo local y global, en busca de algo nuevo. Es posible. Y es posible, también, que tampoco tengamos elementos frescos para comprender esa lógica “popular” que hoy estremece los fundamentos del poder establecido.

Al margen de que el gran secreto del triunfo de Donald Trump fue haber explotado su imagen y faceta de no político y, por tanto, de personaje ajeno a los círculos del poder tradicional, es difícil o improbable que Trump pueda desplegar los signos de su radicalismo y fundamentalismo electoral en la concepción, diseño y aplicación de las políticas públicas que podrían definir el sello de su gobierno.

Determinar sin visión global que EU abandone la Alianza del Atlántico Norte (OTAN); revisar y replantear los tratados de libre comercio que la unión americana ha firmado con incontables países del mundo; plantear la construcción de un muro de contención frente al vecino con el que se tiene el 95% de los intercambios comerciales; reducir las cargas impositivas a un 15% de su ingreso al empresariado norteamericano; alentar el proteccionismo comercial para fortalecer el mercado interno y generar políticas que privilegien y revalúen el empleo preferente para la población blanca de EU, todo ello anunciado por Trump a lo largo de su campaña, son medidas que se inscriben en el enfoque viejo de las autarquías económicas y en la visión estrecha del chovinismo político de tiempos de la Guerra Fría, que en el mundo de hoy se antojarían, sencillamente, fruto de una mentalidad desviada, obtusa, anticuada, disfuncional.

Si nadie podría renunciar a una valoración objetiva y a una lectura realista del contexto en que debe desarrollar su actuación, menos lo podría hacer un político en funciones de mandatario o de estadista, pues el poder en una democracia -y con más razón en la democracia norteamericana- provee las fórmulas de control, los antídotos y los límites normativos necesarios para evitar, precisamente, que el caballo del poder se desboque y se nutra del mal humor, la pulsión, el exceso y la arbitrariedad. Otro factor que podría constituir un freno a las pretensiones autoritarias y tiránicas de Trump, es la efectiva división de poderes que distingue al sistema político norteamericano, y el hecho de que habrá de arribar a la máxima magistratura de aquel país sin el consenso del empresariado y de su propio partido.

Por esto, y luego de que lo que parecía imposible se ha vuelto un hecho político irrevocable, el desafío que aguarda a la sociedad y a las instituciones del pueblo norteamericano, es el de saber si sus contrapesos y fórmulas de autocontrol político serán suficientes para acotar y contener a un hombre que ha hecho del arte de “brincar las trancas” su característica principal en el mundo de los negocios.

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