Rumbo a la Casa Blanca
Donald Trump y su boca

Por Jaime López Rivera
jaimelopezrivera2@hotmail.com

clinton_trumpEntre el box y la actual competencia por la presidencia de los Estados Unidos, hay similitudes. Aunque son dos astros de constelaciones diferentes, en ambos casos participan dos contendientes, cada uno con su equipo asesor y, obviamente, queriendo ser el triunfador. Pero en el box y en la actual contienda norteamericana existen diferentes maneras de enfrentar al oponente.

Han existido peleadores que se capacitan a conciencia, que siguen un metódico ritmo de preparación; y hay otros que confían en su poder, y a quienes la preparación no les ha sido muy importante. Digamos que, entre los que se preparaban con todo el rigor de un método profesional, estuvieron un Raúl “Ratón” Macías o un Vicente Saldívar; en tanto que al legendario “Chango” Casanova, o al “Púas” Olivares, les urgía terminar los combates para regresar a la cantina.

Algunos boxeadores esperan derrotar a su contrario mediante el ataque sistemático que va minando al oponente, otros más bien buscan la oportunidad para dar un golpe definitivo y ver al oponente “morder la lona”, como decían los viejos cronistas del deporte.

Hay quienes, en el cuadrilátero, esperan que el oponente se equivoque más y en ello cifran su triunfo, más que en sus propios aciertos. Los hay también que solicitan el apoyo del público, y otros que creen no necesitarlo, que se valen de sus propios recursos, como diciendo “me basto yo solito”. Algunos asestan el golpe definitivo en cuanto tienen la primera opción y otros prefieren jugar con el contrario como lo hace el gato con el ratón dominado. Incluso, algunos imploran la bendición celestial, en tanto que otros -probablemente ateos-, no queriendo meter en apuros al Creador, prefieren dejar sus ruegos para otras causas.

Pero, paciente lectora, querido lector, ¿cree usted que algún boxeador espere triunfar dejando que su oponente tire y tire golpes, y que en cada ocasión que lo haga se vea cada vez más mal? Lo pregunto porque en la política sí se da el caso, y lo vimos en los debates que sostuvieron la señora Hillary Clinton y el señor Donald Trump. En esa contienda, no ya en los cuadriláteros de las arenas sino en los foros de la televisión, está resultando ganadora la señora; y no porque ella haya triunfado, sino porque el otro está perdiendo (en mi opinión ya perdió). Aun con las limitaciones de los dos contendientes, él hablando sólo de los empresarios y ella de unos niños que ha encontrado en la calle, Trump ha perdido por hablar. Sí, el señor será derrotado por haber hablado. A lo largo de los últimos meses, entre más hablaba más se hundía. Así que a la señora Clinton le hubiese bastado dejarlo hablar, un poco a la manera del pugilista Floyd Mayweather, que, aunque personifica el antibox, tiene la virtud de dejar que sus contrincantes tiren cuantos golpes quieran, ya que con ello van perdiendo, pues nunca dan en el blanco.

No cabe duda: las palabras son de vida o de muerte, de triunfo o de fracaso. Después de todo, para México (y para el mundo) era mucho mejor que no ganara el gran pez, y que sus palabras hayan servido, a la vez, de anzuelo, carnada, cuerda y pescador, para morir por su propia boca.

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