¡HASTA SIEMPRE, HÉCTOR!
(Nota póstuma)


Querido Héctor:

Tú, que tanto sabías de las cosas de la vida, preferiste el silencio de la hora postrera para descansar de los asuntos del mundo.

Nos conmovió en lo más hondo tu partida: la forma en que dispusiste tus últimos asuntos antes del suspiro final; la lúcida y penetrante serenidad de tus textos concluyentes, incluido un artículo para Letra Franca y tu Carta de despedida; la manera en que responsabilizas a AMLO de la fatal decisión de quitarte la vida, y ese tono profético de tu escritura en el que adviertes un inminente “apocalipsis nacional”, no reflejan sino la claridad de pensamiento y el temple crítico que distinguieron toda tu vida y obra.

Tu muerte se ha vuelto un referente para nuestra generación, porque en la primavera de nuestro escepticismo y nuestra desgracia, llamaste la atención sobre un gobierno que, tras inflar artificiosamente un ejercicio de esperanza popular, se queda a deber a sí mismo y ha quedado en deuda con la República.  

Frente a tu dolorosa e irreparable pérdida, es difícil no recordar el “desencanto del mundo” de que hablaba Heidegger, el suicidio forzado de Séneca mientras se oculta del cruel Nerón o la lamentación y desconsuelo que llevaron a notables artistas e intelectuales a deslindar su vida de las pequeñas cosas y los enredos del mundo.

Pero no deja de ser un tanto incomprensible, y hasta cierto punto extraño, que la fuerza de tu carácter, la entereza de tu corazón y la vitalidad de tu pensamiento que todos reconocíamos, te hayan llevado a romper tu pacto de amor con la naturaleza, con la vida y el mundo. 

La extrañeza que produjo tu decisión subraya el pasmo con que tomamos y percibimos la inesperada noticia. En el asombro de vivir se oculta, casi siempre, el misterioso e inexplicable asombro de morir.

Cuando las preguntas que nos inquietan y nos hieren no tienen respuestas aquí, a la altura del piso del hombre, miramos a lo alto en busca de sanar o subsanar el dolor de nuestra conciencia interrogante. Si no encontramos respuestas, seguimos buscando hasta que nos cansamos de buscar, sabiendo -quizás- que la única y efímera recompensa está en la búsqueda.

Si la poesía, en el decir de Hölderlin, “es un juego de palabras, sin la seriedad de la acción”, tú decidiste -y lo respetamos- jugar los dos juegos: el de hacer de la vida un ejercicio del entendimiento y el de hacer de la muerte un ejercicio de punto final.

 Saber vivir y saber morir son dos cosas separadas dentro del mismo arte de ser persona.

Y hoy, tres días después de que desenraizaste tu ser del mundo, te veo ir muy lejos, al encuentro del enigma cóncavo de las esferas celestes, portando como estandarte la máxima de Sófocles que tanto preferías: “Muchos son los misterios que hay en el universo, pero no hay mayor misterio que el hombre”.

¡Hasta siempre, Héctor!

Leopoldo González,
Morelia, Michoacán,
Primavera de 2020. 

 

   

 

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