Las cosas son como son

Raúl Casamadrid

El día anterior al partido de futbol mundialista entre México y Brasil se llevaron a cabo las elecciones generales de 2018. Todo el país tenía, en lo profundo de su corazón, las mejores expectativas y soñaba con el triunfo de la selección tricolor en la cancha de 90 x 120 m (aunque bien sabemos que los sueños son nubes estelares y las cosas son como son).

Por ello sorprendieron, por decir lo menos, los resultados de las elecciones que definirían al próximo Presidente de la República junto con 3400 puestos más, entre gubernaturas, senadurías, diputaciones federales, estatales, y presidencias municipales a lo largo y ancho del país.

Sobresale, en primer lugar, el puntual acierto de las encuestas preelectorales; esta vez, como nunca y con creces, las predicciones fueron, incluso, superadas por la realidad. El parido ganador e indiscutible resulto ser el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), cuyo registro ante el Instituto Nacional Electoral (INE) data de apenas el 9 de julio de  2014; un partido político con escasos cuatro años de edad. La “dictadura perfecta”, preconizada –elegante y suficientemente– por el ahora Premio Nobel de Literatura, don Mario Vargas Llosa, llegó a su fin.

Los candidatos perdedores fueron cuatro: doña Margarita Zavala, esposa del ex presidente Calderón, cuyo aprecio por Hilary Clinton y su afición por las series televisivas norteamericanas, como House of cards y Scandal, la encaminaron a prefigurar una victoria imposible, a la cual renunció muy en tiempo; don Jaime Rodríguez “El Bronco” Calderón, gobernador de Nuevo León y verdadero arlequín en los debates presidenciales transmitidos a nivel nacional (su propuesta “mochamanos” lo emparentó más con el tristemente célebre secuestrador Daniel Arizmendi López, “el Mochaorejas”, que con cualquiera de los posibles ganadores de la contienda presidencial); Ricardo Anaya Cortés, un jovencito escuálido cuyo movimiento Frankestein, por “México al frente” (integrado por el Partido Acción Nacional (PAN), el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y el Movimiento Ciudadano (MC), se dedicó a realizar, quizá, la que pasará a la historia como la peor campaña política del milenio pues, con una enorme cantidad de recursos, se empeñó torpemente en señalar los supuestos defectos de su principal contrincante, antes que a mostrar sus propias virtudes (a ello habría que añadir sus desaseadas cuentas pendientes y sus desplantes, como “tocar” rock con una banda en Cd. Nezahualcóyotl o acariciar a viejitas michoacanas que no lograron sino hacerlo ver ridículo y francamente cómico); el candidato del sempiterno Partido Revolucionario Institucional (un nombre de partido próximo a modificarse y que, por cierto, en su incongruencia pondría de cabeza los principios semánticos del propio Roland Barthes) fue, sin duda alguna, el único rival con estatura suficiente como para oponerse al –ahora– virtual ganador de los comicios presidenciales: José “Pepe” Meade demostró que no toda la burocracia priísta y panista fue siempre insuficiente: con acertados planteamientos y una amplia visión del panorama político y social del país, brindó a la contienda electoral una altura inesperada que ninguno de los candidatos oficiales –desde Cárdenas a la fecha– fueron capaces de mostrar. Su destino –a su pesar, dramáticamente en contra– estaba ya sentenciado: el ganador indiscutible de la contienda sería Andrés Manuel López Obrador.

El llamado “voto joven”, sí, pero un amplio núcleo de seguidores de mayor edad también, con fe y tenacidad, llevaron al tabasqueño hasta una posición de poder que ni siquiera Stephen King en sus afamados cuentos de terror hubiera sido capaz de pergeñar: el Peje logró la más amplia votación que ningún candidato a la presidencia tuvo hasta hoy y, además, su partido barrió –como se dice coloquialmente– con la mayoría de los puestos de representación popular, brindándole manga ancha para legislar en ambas cámaras. Fue un triunfo redondo, rotundo, absoluto e inesperado. Hay que abonar, al prestigio de sus contendientes y al del propio Presidente de la República, la celeridad y prestancia con que concedieron el triunfo al virtual presidente electo, a su partido y a sus militantes apostados para competir a cargos en diversas representaciones populares.

Los jefes de las cámaras empresariales y las voces más representativas en los medios llaman ahora, a quien antes despectivamente nombraban como “el señor López”, “don Andrés Manuel López Obrador”. Y hacen bien: el hombre, una vez electo, continúa necia, tenaz y enfáticamente, realizando reuniones y adelantando nombramientos. Un par de días después de la elección ya estaba en Palacio Nacional de la mano del actual presidente, don Enrique Peña Nieto, recorriendo sus futuras oficinas. Luego, al día siguiente, se citó con los empresarios que fueran sus más acérrimos detractores, quienes de “lopitos” pasaron a referirse a su persona como “don Andrés Manuel”. Luego, entre muchas otras reuniones más, se encaró con Mike Pompeo, el secretario de Estado norteamericano, mientras que el propio presidente Trump lo felicitaba por su victoria. El Fondo Monetaro Internacional (FMI) –verdugo de nuestro país con su políticas neoliberales durante los años 80– se congratuló también por su contundente victoria. El peso, de manera increíble y sustancial, se revaluó frente a la divisa norteamiericana.

Críticos feroces de sus planteamientos en los medios de comunicación masiva relevantes, como don Leo Zukermann Behar, don Leonardo Kourchenko Barrena y don Héctor Aguilar Camín, se muestran ahora receptivos a resoluciones como las que entrañan la de los 50 puntos del Plan de austeridad y otros compromisos del virtual jefe del Ejecutivo: convertir a Los Pinos en un Faro cultural, mover secretarias (como la SEP) a Puebla y hacia otros estados de la República, y obviar el título de Primera Dama para una mujer (doña Beatriz Gutiérrez Müller, esposa del Presidente) quien se niega a dirigir el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) por el decreto, honorariamente y por costumbre institucional. Debe resaltarse la efectiva (aunque costosa) labor del INE, dirigido por don Lorenzo Córdova Vianello (quien fuera “quemado” en el año 2015 al revelarse la conversación privada que sostuvo con don Edmundo Jacobo Molina, su secretario ejecutivo, en donde se mofara de las peticiones de indígenas guanajuatenses haciendo uso de un lenguaje infantiloide y escatológico).

Con todo, nada mejor para la ciudadanía que el actual próximo Senado de la República vaya a contar con un mayor número de integrantes femeninas que de hombres (machotes, antaño registrados por don Fidel Velázquez y la “Güera” Alcaine como capaces de provocar harta espuma al orinar). Nada mejor que por vez primera exista una mujer al mando de la Secretaría de Gobernación y muchas otras destacadas en puestos tan altos a similar nivel.

Por ahora, todo son dichos y una luna de miel que se extiende hasta el primero de diciembre. Nada puede reprochársele a quien promete promesas y aun no toma las riendas del poder. Extraña, eso sí, que no haya gente más joven a cargo de altos puestos (siendo específicamente los menores de 30 años quienes encaminaros al próximo gobierno hacia el poder). La Generación Inútil que representa el próximo Presidente, por su bien, debe pasar su estafeta a las chavas y chavos de hoy, que son los que mueven al mundo.

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