MI RECUERDO DEL DÍA DOS

Por: Federico Flores Flores

Ayer fue día primero de octubre. Toda la semana estuve batallado para que el abuelo me dejara salir. Dijo que como no hay clases, no tenía derecho de andar en la calle, como si el derecho de esta libertad de acción dependiera de que si abren o no la escuela. Si todos los fines de semana no hay clases, entonces tendría perdida la autorización para salir, donde no sea a la iglesia por la tarde del sábado o la misa de la mañana de domingo. Lo peor es que mi madre siempre ha aceptado todas las decisiones del abuelo, como autoridad máxima de la casa.

También ayer sentí una gran tristeza al recordar la muerte de mi padre, hace ya 10 años. Apenas iba a cumplir yo los 7 de edad y su ausencia causó, tanto en mi corazón como en mi conducta personal, un gran trastorno. Apenas lo estoy aceptando.

Y así estaba yo, con mi falda a la rodilla, a la que le puse broches ocultos para convertirla en minifalda (al fin es la moda) para cuando saliera rumbo a mis clases en la prepa.

Andaba piense y piense cómo podría hacerle para ir con mis amigos al mitin de esta mañana. Y me vino una idea. En cuanto el abuelo dejara a las personas que atendía en su despacho, aquí en casa, junto a la sala, me acercaría para explicarle lo del trabajo que hay que entregar en el primer día de clases, que se van a reanudar la siguiente semana.

Y así lo hice.

El abuelo ocupó la cabecera en el comedor y mi mamá y yo a derecha e izquierda. Luego de una oración, Matilde nos sirvió un suculento desayuno y al darle la última cucharada le dije al abuelo que le pedía un permiso especial porque iban a venir dos de mis compañeras para terminar un trabajo de sociología que teníamos que entregar en la segunda clase del siguiente lunes, al inicio de actividades en la prepa.

Me miró con esa suspicacia que le caracterizaba cada que iba a tomar decisiones. Me pidió que le mirara a los ojos y yo, con todo el fingimiento de que fui capaz, lo miré directo. Sus ojos azules solo me observaron un segundo y expresó un ‘está bien’ con voz muy baja y agregó:

-Pero se están calladitas en la sala, porque voy a reunirme con unos clientes en el despacho, o… ¿por qué no vas mejor a la casa de una de ellas? Ustedes no saben estar en silencio y trabajar como Dios manda-.

Su expresión cayó del cielo. Al terminar la comida llamé a Isaura y le comuniqué que ya tenía la autorización de mi abuelo “para hacer aquel trabajo de sociología que estábamos preparando”. Ella me siguió la corriente sabiendo que el abuelo podía escuchar en la extensión telefónica.

La hora siguiente se fue huyendo tras la luz del sol; en ese rato, recostada en la cama, pensé en la ropa que me llevaría: los tenis azules, una blusa ligera y el pantalón de mezclilla, mi bolsa de mano y una carpeta con hojas blancas para despistar al abuelo…y a mi madre, quien también mostró una cierta duda por el permiso obtenido, pero guardó silencio.

Ahora ya son las doce del día. Ha pasado la mañana y mis amigas y yo andamos vagando por San Juan de Letrán, dejando que el tiempo se aleje de nosotras. Recuerdo que por la mañana, pasadas las diez, salí de casa acompañada de Isaura y de Luz, mis mejores amigas; directas al camión urbano que nos llevaría al centro de la ciudad. Compramos papitas fritas, una torta que compartimos las tres y un vaso de frutas pa’matar el hambre, dijimos.

Para nosotras era un día de vacaciones. No entendíamos eso de que la huelga estudiantil tenía propósitos de cambios de mentalidad política, ni de transformar a la sociedad y a nuestro país. Para ellas y para mí, con nuestros 17 años, acudir a un mitin era como ir a una fiesta, a una reunión de amigos donde veríamos muchos chavos y estaríamos libremente con amigos y amigas.

Así, al trote de los minutos, llegamos a la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Ya habían pasado las tres de la tarde y como había quedado de volver después de las seis a casa, sentí que habría tiempo suficiente para pasar un buen rato.

Impresionante espectáculo, no por el número de asistentes, sino por la maravilla que representaba contemplar las ruinas arqueológicas a un lado de la construcción colonial de la iglesia y los modernos edificios de la unidad familiar al fondo.

Poco antes de las cuatro de la tarde comenzó el mitin. Luz e Isaura me acompañaron a comprar refrescos y con las botellas en la mano intentamos acercarnos a la plataforma donde la música, en grandes bocinas, se combinaba con la voz de alguno de los oradores.

Serían poco menos de 90 minutos que se esfumaron entre las pláticas de cosas intrascendentes de amigas que considerábamos este día como un paseo al centro de la ciudad.

Luego hubo unas luces artificiales en el cielo. Yo no las vi, pero Isaura me indicó que íbamos a tener fuegos pirotécnicos. Y solo un par de minutos después la gente empezó a correr por los ruidos que atronaron la plaza.

Al intentar caminar con los grupos de jóvenes sentí un golpe en la espalda, un roce como de una pedrada o un piquete que me hizo perder el sentido, y las luces de los edificios y de las lámparas de la calle se desvanecieron ante mis ojos.

Hoy es día 3 de octubre del año 1968 de la era cristiana. Son ya las ocho de la noche. Mi abuelo, mi madre, vecinos cercanos, mis amigas y compañeros de la escuela están velando mi cuerpo.

A mis familiares les entregaron un reporte del Ministerio Público en el que les notificaron que la joven, de nombre no identificado, había fallecido en un lamentable accidente al pasar por la Plaza de las tres Culturas, en Tlatelolco.

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