Retrato hablado de Andrés Manuel López Obrador:
El fósil, el amoroso, el torpe y el populista

El hombre es un animal político”.
Aristóteles

Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”.
Orwell

Por Eduardo Pérez Arroyo

Andrés Manuel, el bueno de Andrés Manuel

Primero, aclarar: no se trata de que su instituto político funja, en la práctica, como un partido familiar. No se trata de los perdonazos a los narcotraficantes, del apoyo público y declarado a delincuentes comunes como los maestros de la CNTE, de que uno de sus cercanos sea el Señor de las Ligas —el inefable Bejarano.

Tampoco se trata del dinero dilapidado en Las Vegas por su secretario de finanzas Gustavo Ponce, ni de que él mismo haya dilapidado dineros públicos para armar su plataforma personal (Morena), para ensalzar su imagen personal (los dineros del PT) o para reemplazar por completo a la candidata Delfina Gómez en los spots durante la carrera por el estado de México.

No se trata de que muchos de sus hijos y hermanos permanezcan en puestos clave de su aparato político, ni de que los allegados de La Maestra Elba Esther sean ahora sus allegados.

No se trata, finalmente, de que justo antes del 3de3 haya puesto la mayor parte de sus cuantiosas propiedades a nombre de sus hijos, una práctica común entre la misma mafia del poder que tanto critica.

Se trata de un asunto mucho más simple y mucho más pedestre: el bueno de Andrés Manuel no es un tipo listo. Más bien al revés.

En la carnicería desatada que cada ciclo representa el camino a la Presidencia de México la dinámica es la misma: los suspirantes critican a sus rivales, los partidos muestran sus atributos, todos intentan convencer de que son el verdadero futuro para México. A esta altura no es difícil trazar un mapa somero: el PRI, fiel a su costumbre, ostenta la aceitada maquinaria que los ha convertido en expertos en ganar elecciones, con métodos no siempre éticos. El PAN y el PRD perpetraron un engendro que reúne visiones no sólo contrapuestas sino también excluyentes (un partido alienta la igualdad de género y los derechos de la comunidad LGTB; el otro, biblia en mano, se niega siquiera a plantearse el tema), porque el afán por el poder es más fuerte que cualquier consideración ética.

¿Y Andrés Manuel? El bueno de Andrés Manuel resolverá de un plumazo la corrupción porque el bueno de Andrés Manuel, además de bueno, es noble y es justo.

La frase pudiera sonar a ironía, pero no lo es. En mayo de 2017, en plena campaña (nunca ha dejado de estarlo desde hace más de tres lustros), el bueno de Andrés Manuel aseguró que de asumir la presidencia de México en 2018 habría un acuerdo de honestidad tras el cual gobernadores, funcionarios y mexicanos de a pie ya no tendrían que robar.

“Si el presidente es honesto los gobernadores van a ser honestos, los presidentes municipales van a ser honestos, y todo el pueblo será honesto”, dijo entonces.

“Eso ocurrirá desde el momento en que yo sea elegido presidente” continuó AMLO ante la atónita mirada de Ciro Gómez Leyva. “No tendremos que esperar al 1 de diciembre. ¿Y sabes por qué iniciará? Porque en el pueblo de México hay una gran reserva de valores”.

En otras palabras: la corrupción en México (el país más corrupto de la OCDE) terminará automáticamente porque el presidente es un buen tipo.

Seguramente el bueno de Andrés nunca fue el niño más destacado de su escuela.

 

Andrés Manuel, el fósil

La afirmación de que seguramente el bueno de Andrés nunca fue el mejor alumno no es gratuita. La patente falta de agilidad mental de Andrés Manuel tiene larga data.

En la jerga estudiantil mexicana el concepto “fósil” sirve para denominar de forma despectiva a aquellos estudiantes que terminan su carrera en un periodo mucho más prolongado que la planificación original (de sobra lo sabemos quienes convivimos de cerca con la Universidad Michoacana). La UNAM, fábrica de muy buenos profesionales y también de muchos cuyo mayor nivel de reflexión se remite a repetir consignas, no parece poner muchas restricciones al tiempo en que los estudiantes deben terminar su carrera.

En 1987 el bueno de Andrés egresó de su licenciatura en Ciencias Políticas y Administración Pública con un promedio bastante poco honorable para los parámetros mexicanos: 7.72. ¿Lo mejor? El bueno de Andrés presentó su tesis recién 15 años después de su ingreso a las aulas.

Pero durante su ruta académica el estudiante Andrés, al parecer, tampoco tuvo facilidad espontánea para los libros. Durante su interminable periplo por las aulas tuvo un total de 25 materias aprobadas y 7 reprobadas, y de los 39 exámenes que presentó, 16, cerca de la mitad, fueron extraordinarios.

Honor obliga: cabe la posibilidad de que los documentos sean apócrifos. Tras varios años, sin embargo, el bueno de Andrés jamás ha salido a desmentirlos ni a mostrar otros.

Quienes defienden al expriista, experredista y hoy morenista aseguran que esos documentos no prueban nada y esgrimen la cantidad de libros que ha escrito para asegurar que no se está en presencia de una persona ingenua. Pero al hojear sus libros (algunos de ellos están disponibles en pdf) se aprecia, a lo más, un lenguaje denunciativo acorde con alguien que desde hace años permanece en la cúspide del poder y tiene acceso a información confidencial. Los libros del bueno de Andrés Manuel consisten básicamente en cúmulos de denuncias, no siempre bien desarrolladas ni redactadas, y en un lenguaje basado en la consigna, muy lejos de las tentativas retóricas y niveles reflexivos de los buenos o los grandes autores. (Por cierto, muy lejos de su admirado Tolstoi, a quien gusta citar).

Sus adherentes también lo defienden arguyendo que esos libros dan en el clavo respecto de la situación de México, dado que generalmente están entre los más vendidos (aunque ninguna lista oficial lo confirma). Si es así, México es un pueblo pequeño en donde cada 27 años el mal reaparece para cobrarse venganza: durante varios meses el libro más vendido fue el del payaso It.

 

Andrés Manuel, el amoroso

Claves para comprender el predicamento del bueno de Andrés Manuel son los conceptos “mafia del poder” y “República Amorosa”.

Sobre el primero, que no necesariamente está errado, ha construido una retórica maniquea cuyo objetivo es justificar cualquier cosa, incluso sus propias limitaciones personales. A esta altura ya es un clásico que cuando se le pregunta por sus muchas inconsistencias responda: todo es un complot de la mafia del poder.

Sobre el segundo, se trata de un concepto que repite cada vez que busca dotar de (supuesta) profundidad a sus argumentos. Vale la pena rescatar su propia definición:

“Cuando hablamos de una república amorosa (…) estamos proponiendo regenerar la vida pública de México mediante una nueva forma de hacer política, aplicando en prudente armonía tres ideas rectoras: la honestidad, la justicia y el amor. Honestidad y justicia para mejorar las condiciones de vida y alcanzar la tranquilidad y la paz pública; y el amor para promover el bien y lograr la felicidad”.

Pero va más allá en su -risible y falsa- erudición.

“En la información más reciente sobre índices de la percepción de la corrupción en 182 países del mundo, mientras Nueva Zelanda, Dinamarca, Finlandia y Suecia ocupan los primeros lugares en honestidad, México ocupa el lugar 100. Como es obvio ellos tienen mejores niveles de bienestar. Pero lo paradójico y absurdo es que en la sociedad mexicana existe este valor y ni siquiera tendríamos que importarlo. Es decir, si hubiese voluntad para aprovechar las bondades de la honestidad, sólo sería cosa de exaltarla, de cultivarla entre todos y hacerla voluntad colectiva”.

En el delirante mundo de Andrés Manuel las cifras, los datos duros, la psicología, la educación y la formación deficientes, las condiciones estructurales que alientan a que millones de habitantes busquen la manera más expedita de sobrevivir a las carencias, a la penosa realidad mexicana, no cuentan. En cambio, el bueno de Andrés Manuel nos enseña que la solución a la crisis estructural que lacera a México pasa porque los mexicanos de pronto sean buenas personas. ¡Ay de todos esos miles de presidentes, gobernadores, políticos, funcionarios y asesores que durante casi 200 años de vida republicana no supieron hacerle un bien a su pueblo por no saber antes la verdad!, como sí la ha llegado a saber el bueno de Andrés Manuel después de escribir (con ayuda) 16 libros: lo que basta es el amor.

A esta altura no sabemos si hablamos de autoayuda o de realpolitik: acaso el universo conspira en favor de él.

 

Andrés Manuel, el torpe

Sucedió recién la semana anterior al momento de escribir estas líneas: el precandidato presidencial de Morena, el bueno de Andrés Manuel, acusó que los medios de comunicación protegen a su rival priista José Antonio Meade. (Un comentario acertado, si somos rigurosos).

¿El problema? Que para sustentar sus afirmaciones el bueno de Andrés utilizó un video falso.

En la grabación, un mitin, Meade supuestamente tiene un desliz verbal y dice: “tenemos que estar claros, de que la calle es para el delincuente, y la cárcel es para el ciudadano”.

“Pero el video al que se refirió López Obrador está editado”, aclara el portal Animal Político. “Hasta la persona que hizo la edición reconoció que hizo un cambio en el audio, y no entendía cómo es que el material hubiera sido tomado en serio. En la versión original, se escucha decir al precandidato priista: ‘Tenemos que estar claros, de que la calle es para el ciudadano, y la cárcel es para el delincuente’”.

Andrés El Bueno, el crítico de la prensa falaz, falsea (consciente o inconscientemente) la realidad para sustentar sus puntos de vista. La situación hace recordar su falta de manejo con las nuevas tecnologías y las lógicas actuales de comunicación política, como se comprobó durante el debate presidencial del año 2012 en que exhibió al revés una foto de su rival político. Una parodia que hizo más lastimero, por contraste, su afán por tomarse tan en serio a sí mismo.

Andrés, El Ingenuo

Hoy, el bueno de Andrés Manuel parecer ser el principal escollo para Andrés Manuel.

Seguramente es cierto que no es más corrupto que sus rivales políticos por la Presidencia. Que realmente cree en el bien de México, que tiene verdaderas intenciones de ser un hombre honesto y transparente. Seguramente el proyecto de nación expuesto en su proyecto 18 busca de verdad ser democrático e incorporar las demandas más sentidas de la ciudadanía. Seguramente.

Pero las buenas intenciones no bastan: Andrés Manuel es su propio escollo, uno que por ejemplo lo hace lanzar un anuncio de amnistía a algunos líderes del narco, para que al día siguiente sus propios cercanos lo tengan que salir a desmentir.

Andrés Manuel, el bueno de Andrés Manuel, difícilmente puede ser tomado en serio. México tiene demasiados asuntos pendientes dentro y fuera de sus fronteras, como para darse el lujo del candor. La política, decía Max Weber en una de sus más clásicas interpretaciones, es lucha, es violencia y es guerra (no necesariamente con armas en mano), urdida de voluntad de poder y de ética guerrera: un territorio de los fuertes. Para la alta política mexicana, tan llena de intereses que a menudo configuran la geopolítica a nivel mundial, se requieren guerreros en el sentido más weberiano del término.

Hasta el momento, pese a sus supuestas buenas intenciones y pureza moral, el bueno de Andrés no parece estar a la altura del desafío. Hasta el momento aún es Andrés, El Ingenuo.

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