Venezuela está en llamas

Por Leopoldo González

Hace apenas unas horas, trascendió que la policía política del régimen dictatorial de Nicolás Maduro, en Venezuela, revocó el arresto domiciliario de Leopoldo López y Antonio Ledezma, dos de los líderes más populares y representativos de la oposición venezolana, para reaprehenderlos con violencia en horas de la madrugada y recluirlos en la prisión militar de Ramo Verde, violando sus derechos humanos y sus garantías jurídicas más elementales.

Estos hechos, lejos de contribuir a establecer un clima de diálogo, de distensión y de reconciliación entre los venezolanos, lo que hacen es echarle gasolina al fuego en un país que ya tiene muchos cerillos y demasiados fierros en la lumbre.

La realidad de lo que ocurre en ese país latinoamericano confirma lo que el mundo ya conoce: que en Venezuela gobierna el gen autoritario del populismo de izquierda, en el que no se observa el más mínimo respeto a la institucionalidad democrática ni se tiene el menor escrúpulo en violentar desde el poder la legalidad constitucional, como han hecho las dictaduras de izquierda y de derecha que ha conocido la historia latinoamericana.

El populismo, frecuentemente de izquierda y a veces de derecha, tiene hondas raíces en la historia de Venezuela y siempre ha desplegado estratagemas y soluciones de fuerza, tanto para usurpar como para conservar el poder. En 1957, el dictador Marcos Pérez Jiménez, a punto de ser derrocado, obligó a la burocracia, a las fuerzas armadas y a las pocas redes clientelares que aún lo apoyaban a que acudieran a un ejercicio de simulación electoral para relegitimarlo en el poder; Carlos Andrés Pérez, a principios de los noventa, desplegó con astucia una treta semejante para relegitimarse, aunque los escándalos de frivolidad y corrupción en su gobierno terminaron echándolo del poder. Lo que ha intentado Nicolás Maduro con el llamado a formar una Asamblea Nacional Constituyente, ejercicio al que no acudieron ni tres millones de venezolanos, es un intento por borrar los últimos vestigios de vida democrática que aún quedan en Venezuela, para legitimar la uniformidad autoritaria y legalizar la dictadura cívico-militar que padece ese país.

Mientras parte del mundo civilizado ha condenado la saña y la escalada represiva que desde hace más de 100 días desencadenó el populismo venezolano contra su pueblo, que sólo reclama una urgente restauración de la democracia y del régimen constitucional, ciertos dirigentes de la izquierda mexicana han salido en defensa de la tiranía y declarado su abierta simpatía con las medidas represivas que ha adoptado la burocracia política de Caracas, además de que han aplaudido la “mano dura” del dictador venezolano contra el movimiento democrático y la protesta social en su país.

México debe tomar nota, mediante una interpretación serena y rigurosa de la realidad, sobre lo que ocurre en Venezuela, porque no es nada remoto que la tentación del populismo se vuelva un peligro, una vez más, entre nosotros. Una alternativa de izquierda no es lejana para México en 2018; sin embargo, la formación que vemos (la de MORENA) no corresponde a una izquierda depurada, de elecciones racionales y de corte moderno, sino todo lo contrario: se trata de una izquierda de un solo hombre, obtusa, caudillesca, mesiánica, premoderna y poco tolerante a la diferencia, capaz de reeditar el capítulo venezolano de hoy en el México de mañana.

El poder de contagio que esta clase de regímenes políticos suelen tener en nuestra izquierda, no sólo describe a sus dirigentes como poco originales y creativos, sin compromiso genuino con la democracia, incapaces de autocrítica y partidarios de “soluciones radicales y desesperadas”, sino capaces de perderse en el peor de los fanatismos que conoce la historia de las ideas políticas, con tal de asegurar el triunfo de su propia causa.

Si se observa con atención lo que hace la izquierda mexicana en la forja de liderazgos personalistas, en la inducción de ciertas descargas de fanatismo ideológico entre sus seguidores, en el despliegue de mecanismos corporativos y clientelares de control social de su base electoral y, desde luego, en la acuñación de algunos métodos de descalificación y de anulación autoritaria del otro, estos procedimientos no son muy distintos de los que se han puesto en juego en Cuba, Nicaragua, Bolivia, Ecuador y la misma Venezuela, para “sedar” a la masa y someter a las sociedades de esos países.

Lo que ahora ocurre en Venezuela, donde la oligarquía dominante ha preferido reprimir con un baño de sangre a su pueblo, en lugar de respetar el ejercicio de las libertades civiles y políticas de los individuos, es una lección anticipada para México, sobre lo que llegaría a representar un populismo de Estado entre nosotros.

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