Cartas de Latinoamérica

VENEZUELA: PREGUNTAS PARA EL HOMBRE NUEVO

Por Eduardo Pérez Arroyo

 

Lo vi en las noticias, lo vi: la universidad hervía. El comandante en persona, Hugo Chávez, había llegado.

 

Era mi universidad, ARCIS, la única declarada oficialmente marxista en Chile. Era propiedad del Partido Comunista y ahí estudié Historia. Cada vez que Chávez viajaba a Chile la elegía como sede.

 

Por azar, nunca estuve en esas ceremonias. Nos separaron un par de años: yo había salido cuando él llegó. Pero conocí de cerca a quienes lo defendieron siempre. Y ahora, la prueba: la universidad hervía de banderas del PC, Cuba y Venezuela.

 

En la época de su visita ya vivía yo en Chillán, una pequeña ciudad 400 kilómetros al sur de Santiago. Miraba las noticias frente a un vaso de vino para tolerar el invierno del sur del mundo. Con ternura recordé años recientes: interminables discusiones, largos monólogos, miles de argumentos y un doble discurso. Recordé botellas de cerveza intensamente conversadas y otras que terminaban en la habitación de alguna compañera de turno. Recordé exámenes atrasados y ruegos a los maestros para que ampliaran el plazo. Recordé a los chavistas, y también recordé que, aunque fueron buenos años, siempre sentí un vago malestar ante el exceso de consignas y la falta de argumentos.

 

Chávez, decían, era el nuevo libertador. Quien no lo entendiera así, decían, traicionaba los principios del Hombre Nuevo.

 

Nunca estuve convencido.

 

Años después, desencantado de las verdades del mundo y convertido ya irreversiblemente en un escéptico, encontré una noticia. De ahí surgió el siguiente texto –parte de una novela en etapa de última revisión–, que es ficción y no debe ser visto de manera literal.

 

Sin embargo, el hecho es estrictamente real. Sucedió en Caracas, en 2008, en pleno apogeo de las luchas entre las facciones a favor y en contra de Hugo Chávez. Son reales las torturas, las humillaciones, el desencanto. También es real que ese hecho, en diferentes versiones y distintas circunstancias, sigue siendo real en Venezuela y en cualquier país alineado con algún autoritarismo, o que intente dar lecciones de moral al mundo.

 

La siguiente historia es, en consecuencia, estrictamente real.

 

Sus ojos están inexpresivos, como los de una muerta. Él se acerca para mirar lo que ella mira. Varios patos se posan sobre el agua, resisten la suave corriente, aletean, graznan, emprenden el vuelo. Seguramente migrarán a tierras más cálidas. O quizá sólo busquen comida. ¿Cómo saberlo? ¿Cómo saber si ella los ve? Afuera hace frío.

–¿Recuerdas, Isabel?

Ella no lo mira. Hace tiempo que no mira a nadie. Tampoco habla.

La ventana tiene vista al río. Las paredes son blancas, sin adornos ni muebles. La bruma del invierno en Bonn disipa la luz del sol y en el interior de la habitación las luces –blancas, como casi todo en el área de Salud Mental del Institut für Medizinische Biometrie, Informatik und Epidemiologie der Universität Bonn– están encendidas. El río avanza despacio, casi quieto.

La apresaron en Venezuela en 2008. Pronto cayó en manos de los colectivos alentados por el chavismo para hacer el trabajo sucio. Un amigo informó lo que sucedía. Él no sabía nada.

–Es urgente que te comuniques. Los colectivos tienen a Isabel– le dijo su amigo.

No podía ser. Él reconstruyó todo lo que había hecho: la vio en la mañana y juntos bebieron un café. Después él partió a la universidad para reunirse con sus amigos chavistas.

–No puede ser– dijo. –Hace media hora estuve con ella.

–La agarraron después que te fuiste. Debes darte prisa.

Él sintió pánico. Sabía de lo que eran capaces de hacer los colectivos cuando se ensañaban con alguien.

–Te moveré un poco para que la silla quede más firme– dice. Ella, inmóvil, no hace ningún gesto perceptible. Nuevas bandadas de patos se posan en el río.

Al inicio la torturaron con un hierro caliente en la vagina y en la lengua. Después aplicaron otras formas de las que nadie se enteró jamás. Ella, hija de una adinerada familia de Caracas opositora al régimen, no lo resistió.

–Afuera hace frío– dice. –Acá se está bien. Este cuarto es más grande que el anterior. Y hay vista al río.

El tono de voz es indefinido. ¿Aún la ama? En todo este tiempo debe haberla visitado unas quince veces.

Ella no apareció ese día, ni al siguiente, ni en toda esa semana. Él vivió en un infierno. Nunca pensó que sus apellidos de gente opositora al régimen la llevarían a eso.

–Hay diecisiete patos en esa bandada, y otros quince en ese otro grupo– dice, mirando afuera. – ¿Los ves?

Su voz sigue neutra. Los primeros meses, durante sus visitas, no sabía qué decir. Tras miles de horas de insomnios, botellas, prostíbulos, viajes para olvidar, la depresión se fue diluyendo y acabó remplazada por un cinismo desencantado que lo distanció para siempre del joven idealista que alguna vez fue.

–Ahí hay otra bandada. ¿Recuerdas el cuento de Lagerloff? Ese sobre un lago congelado y unos patos que guían a Hans… Seguro lo recuerdas.

Él lo intentó todo: llamó a sus conocidos chavistas, contactó a políticos, rogó a los medios que denunciaran. Cuando se convenció de que no bastaría, logró acceder a algunos funcionarios del gobierno. La respuesta lo dejó helado.

–Si andaba en actividades contra el régimen no hay nada que hacer.

“Hijos de puta… hijos de puta… hijos de puta…”

–No es posible –dijo él. –Ella está detenida injustamente… ustedes lo saben. Ella no ha hecho nada. Díganle a los colectivos que está detenida injustamente. Canjéenla.

–Sólo canjeamos a nuestros militantes– dijo el líder. –Si canjeáramos a todos nos quedaríamos sin prisioneros.

Él sintió que el mundo se derrumbaba. Las actividades de proselitismo en favor de Chávez lo habían vuelto duro, pero le extrañó constatar la indolencia de quienes decían luchar por tener como fin último el bienestar del ser humano.

“Ante la guerra todos exponemos nuestra miserias… Ante la necesidad todos los idealismos muestran su falsedad… Ustedes tampoco se salvan de eso, hijos de puta…”

–¿La dejarán ahí? ¿No harán nada? ¿Dónde queda el compromiso con la humanidad que siempre pregonamos?– preguntó.

–Si ella no hizo nada se darán cuenta a tiempo y la soltarán más pronto– respondió una voz inflexible.

–Pero la torturarán…

–Así es– habló la voz. –Deberás soportarlo. La militancia requiere ciertos sacrificios.

“Otra vez esa cantinela de mierda…”

Entonces, jugándose el pellejo, decidió denunciar públicamente la existencia de ese colectivo que operaba al margen de la ley. El precio fue alto: se convirtió en un paria del chavismo, en alguien en quien no se podía confiar, en un débil que a causa de su enamoramiento, actitud eminentemente burguesa, ponía en grave riesgo los avances de la Revolución Bolivariana.

Él no pensó que se la devolverían en ese estado.

–Uno de los patos lleva algo en la boca y los demás lo siguen. ¿Ves, Isabel?

Cuando se la entregaron ella estaba irreconocible. Tenía la cara hinchada, las llagas desfiguraban su rostro y las ojeras le llegaban casi hasta los lóbulos. Le habían arrancado tres dientes. Una de las agujas que le clavaron en los párpados atravesó el globo ocular y padecía una infección que más tarde la dejó parcialmente ciega. Le habían quemado el pelo y en la cabeza sólo tenía una plasta negra de restos de cabello y petróleo. El hedor era insoportable.

Un amigo que había partido a Europa antes del levantamiento alzado –de los pocos amigos que le quedaban– indagó en Alemania y le dijo que podía internarla en Bonn, ciudad atiborrada de hospitales mentales para tratar a los desquiciados que había dejado el comunismo europeo.

Uno de los patos emprende el vuelo. En la boca lleva un pez o un trozo de carne. Los demás se abalanzan sobre él. Dos se estrellan en el aire provocando una cómica confusión de graznidos, aleteos y plumas.

–¿Lo viste? Chocaron de frente. Si hubiesen sido aviones iban a dar directo al fondo del río– dice, formando dos aviones con las manos.

Por un momento la mirada parece recobrar vida. Ella le contempla las manos, parece sonreír. Él lo percibe, pero no se emociona. Lo sabe: el movimiento es reflejo. Mañana nuevamente parecerá mirar, moverse o hasta sonreír, pero nada de eso será real. Y él deberá tomar un avión de regreso a Venezuela, después un bus hasta Caracas, después un taxi hasta su casa. Después llegará a su oficina y se sentará tras su escritorio y redactará maquinalmente, día tras día, sin pasión ni compromiso. Por hoy es suficiente.

“La militancia exige ciertos sacrificios… Jamás volveré a creer de nuevo en esas mierdas.”

Los ojos –fríos, inexpresivos– regresan a la ventana. Otra bandada de patos se posa sobre el agua. Resisten la suave corriente, se hunden, aletean, graznan. Migran a tierras más cálidas. O quizá sólo buscan comida. Él la mira: sus ojos están muertos. Las aguas del Rin siguen mansas.

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