Antonio Mendiola,
interrogador de espejos

Por Leopoldo González 

A través de José Eduardo Aguirre, el poeta Antonio Mendiola me ha distinguido invitándome a que dirija unas palabras en este acto de homenaje en su honor. Como sé que los dos rinden tributo a la palabra, les agradezco la invitación, y digo, desde ahora, que este no es sólo un acto de homenaje a una obra, sino, también, una ocasión para lanzar una mirada crítica al árbol frondoso de nuestra poesía.

Cuando Antonio Mendiola llega al mundo, en 1955, el mundo ya estaba hecho y no parecía dispuesto a cambiarle una coma a su sketch, a su libreto. Pero entonces llegó la década de los sesenta y con ella las semillas y espasmos de la ruptura. La “ruptura” consistió en dos o tres cosas que a veces cambiaron y en ocasiones refundaron el mundo.

Hasta la década axial, la de los sesenta, el mundo fue lo mismo que había venido siendo: de una parte, el imperio de una mentalidad tradicional en el arte, la cultura, la sensibilidad, la educación y la vida pública; de otra, el predominio de estilos convencionales y poco arriesgados en el arte, la cultura, la creación artística y literaria, la vida pública y la vida intelectual. El reto al que hizo frente la generación del medio siglo, fue preguntarse si todo en realidad debía seguir siendo como antes o si cabía la posibilidad de introducir volteretas, espasmos y vértigos en el orden establecido.

Figuras del arte, la cultura y la literatura nacional preparaban el antes y el después de ese clima cultural, para pasar de una “tierra plana” a una “tierra dispareja y accidentada”, como si fuese un brinco del desierto de la uniformidad al azar y la aventura. En este contexto es obligado citar al surrealista Luis Buñuel en el cine, al poeta Enrique González Martínez que aportó la frase emblemática del movimiento: “tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje”, y al pintor José Luis Cuevas que hizo célebre la frase “la cortina de nopal”, con la cual se deslindó y deslindó a sus discípulos de lo que había sido la Escuela Mexicana de Pintura, con la generación de “los muralistas” como caballería de avanzada.

En las provincias del interior de México, donde se hace con parsimonia el elogio de la lentitud y donde, a veces, el sueño es igualmente fecundo que en el “alto valle metafísico” que vio Alfonso Reyes, los creadores y artistas no sólo replican e innovan lo que se hace en la capital: son también el teatro de agitadas búsquedas interiores, el molde de inquietudes que podrían llegar a ser deslumbrantes y los generadores de cambios presentidos en el mapa de la cultura nacional.

Al hablar de Michoacán, no me detendré mucho en el tema de las generaciones, el cual requiere y amerita un estudio más reposado y un tratamiento aparte. Sólo diré que las principales generaciones del siglo XX en Michoacán son “Espiga y Laurel”, “Ventana Errante” y la mal llamada “Generación Perdida”, cuyos integrantes, entre la década de los treinta y la de los setenta fueron, entre otros, Ezequiel Calderón Gómez, Samuel Ramos, Alfredo Maillefert, Epigmenio Avilés y Avilés, Jesús Sansón Flores, Salvador Molina, Ramón Martínez Ocaranza, Tomás Rico Cano, José Luis Farfán, Carlos Arenas, Alejandro Delgado y otros.

Con este árbol genealógico de la poesía michoacana como antecedente, el poeta Antonio Mendiola -de la generación del medio siglo- pudo haber elegido no ser poeta, o pudo haber elegido callar e irse al silencio. Pero no lo hizo. Descubrió que el camino más corto a la poesía es matricularse en el estudio de la filosofía, y ello lo condujo a tomar partido por el sabor amargo y dulce de la poesía desde muy joven.

Desde entonces, abrevando formas de decir en la poesía francesa (sobre todo Paul Éluard), retomando preocupaciones trágica y hondamente existenciales de la filosofía alemana (Nietzsche y Heidegger) y refrescando imágenes de manufactura modernista de Juan Ramón Jiménez y Octavio Paz, Antonio Mendiola se ha convertido en una rama singular en el árbol rozagante de las letras michoacanas: luz y oscuridad para sí mismo en el lenguaje que otros han empleado, es poeta de soledades intensas y luminosas en mitad de la noche.

Las singularidades en la obra de Antonio Mendiola no radican en que no haya ecos o influencias de otros autores en ella, sino en que ha tenido la determinación necesaria para elegir su propio camino y ser un lobo solitario en la poesía michoacana.

Los cambios en la poesía de una época son imperceptibles, hasta que el tiempo y la obra de los distintos autores comienzan a revelar otros paisajes, otros ritmos, otro cauce a las aguas quietas y tentativas que no conocíamos. De pronto, descubrimos que los verdaderos cambios en la poesía de una época o de una generación son los que tocan los valores estéticos dominantes, los que abren surcos nuevos en el lenguaje y proponen un estilo diferente.

Lo que estoy diciendo, con todas las precauciones del caso, es que el quehacer poético de Mendiola representa la ruptura entre nosotros, porque alteró la continuidad que venía de otras generaciones e introdujo una voz propia y distinta en el sonido habitual de las letras michoacanas; lo que estoy diciendo es que la obra poética de Mendiola es como esa piedra que se arroja al estanque para remover sus aguas. No cualquiera se atreve, pero arriesgarse a rasgar la blanca transparencia de la poesía escrita en Michoacán, tiene costos que al poeta ni lo distraen de sus asuntos ni le quitan el sueño. El paisaje podría seguir siendo el mismo, dentro de algunos años, pero la audacia de proponer una ruptura es atributo de quien va del orto al horizonte en busca de otra luz. 

Las figuras tutelares de esa búsqueda son Pitágoras y Heráclito, por lo que hace a la búsqueda del otro que habita la palabra; también Heidegger, que, en el mejor de sus libros, El ser y el tiempo, plantea que la poesía es también el asunto de un preguntar; y Octavio Paz, quien en uno de sus poemas entrevió que “hay que ejercer una especie de violencia en el lenguaje para extraer de él sus más preciadas joyas, sus virginidades ocultas”.

Antonio Mendiola publicó en 1984, el año de la muerte de Ramón Martínez Ocaranza, su primer libro al que tituló La herida en el espejo. El gran poeta que fue Martínez Ocaranza dejó una obra que aún se sigue leyendo, aunque no ha sido apreciada en todas sus resonancias y complejidades. Antonio Mendiola sabe que todo lo que nace debe romper un mundo: por eso escribe a diario y a destajo, desde “la carnalidad del lenguaje”, porque cree en la poligamia de las palabras y en el santo oficio de la reproducción del verbo.

 

En el mundo del arte, de la literatura y la poesía hay parricidios creadores. Esto implica que todo el que abraza la escritura y la creación artística está llamado a encontrar su voz interior más genuina y profunda, para no ir por la vida reciclando el eco de otras voces y otros estilos.  

La buena poesía no dice por decir ni dice cualquier cosa, porque es filosofía condensada. Antonio Mendiola no ha publicado ni poco ni demasiado, sino apenas lo justo para un poeta de su edad, porque además se sabe, como poeta, un enigma a descifrar.

Leyendo La herida en el espejo, Patología de insomnio y Huesos de ciudad, o incluso La ciudad y los fantasmas, uno pensaría que Antonio Mendiola es tres personas en una: la primera, el prófugo de una inocencia dolorosamente perdida ya irrecuperable; la segunda, el retrato hablado de un poeta que es herida y cicatriz de vidas pasadas; la tercera, el poeta maldito que no hace ronda con nadie, más que consigo mismo.

Pero no, Antonio Mendiola no es un poeta maldito. Si la inocencia es un estado de gracia, como postulan algunos místicos y teólogos, hay que decir que Mendiola no es tampoco un poeta bendito ni un poeta en estado de gracia. Es, eso sí, un poeta lateralmente trágico y con gracia, en el sentido mundano de esta palabra.

Las preguntas sobre lo que es poesía, dónde radica el ser de la poesía y en qué consiste el quehacer poético, son cuestiones a la que -de Horacio, Píndaro y Homero hasta nuestros días- cada escuela y cada poeta y generación ha respondido o a intentado responder a su manera.

Yo afirmo aquí, como he señalado en algunas entrevistas, que la poesía es un acto de servicio al hombre; también, que la poesía no es un acto de contemplación, aunque lo parezca, sino un acto y un ejercicio de autocontemplación; pero, además, que la poesía se sirve del poeta como médium para manifestarse. Esto tiene equivalencias en Baudelaire y otros poetas orientales y occidentales: el poeta es muchas cosas, pero es, sobre todo, el interrogador del absoluto, el descifrador de enigmas y el encantador de palabras entre los hombres y los dioses.

Escribí un cuarteto en tu homenaje, Antonio, como si fuese una de las claves biográficas de tu vida y obra:

La vida en tinta y sangre

viene hasta la palabra

y apoya en sus rodillas

las calderas del sueño.

 

No diré más. Agradezco la invitación a estar y a participar entre ustedes. En cuatro rincones de esta sala, posiblemente rondan las aureolas de energía de un Martínez Ocaranza, un Tomás Rico Cano, un Raúl Arreola Cortés y Carlos Eduardo Turón. Lo que no fue escrito hace décadas puede escribirse ahora: sólo necesitamos dar prisa a las palabras antes de que la lentitud termine devorando lo que somos. Mi congratulación sincera, y un abrazo fraterno al poeta homenajeado, Antonio Mendiola.


 Homenaje a Antonio Mendiola
“La Pulque”, Centro Cultural 
26 de agosto de 2021
Morelia, Michoacán

 

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